Paseando por las calles de Cracovia, me encuentro con el monumento que conmemora la victoria de los polacos sobre los caballeros teutónicos en la batalla de Grunwald, acontecida el 15 de julio de 1410. O sea, ayer hizo 598 años de la hazaña bélica, se acerca el sexto centenario de la misma. Por aquel entonces la Orden Teutónica cometía abusos sin cuento en tierras polacas, y encima se justificaban diciendo que lo hacían en defensa de las cristiandad. Tales explicaciones no convencieron a polacos y lituanos, e incluso a rusos, que forraron juntos al teutón a pesar de su inferioridad numérica en el campo de batalla. Tales hechos son narrados en la película Los caballeros teutónicos de Aleksander Ford, que adapta una novela del Premio Nobel de Literatura Henryk Sienkiewicz.
Parece ser que cuando los nazis invadieron Polonia en 1939, uno de los monumentos que tiraron abajo fue el que recuerda la victoria (para ellos derrota) de Grunwald. Cosa curiosa, pues en general respetaron la monumentalidad de la preciosa Cracovia, frente al arrase casi absoluto de Varsovia, ciudad que castigaron por su célebre levantamiento. Viendo el monumento reconstruido, y en concreto el detalle que muestra mi foto, del teutón tendido en el suelo, y encima el caballero polaco con su espada, no me extraña que los nazis rabiaran y decidieran derribarlo. Está claro que la afición contemporánea de quitar de en medio estatuas que disgustan en el presente no se ha inventado ahora. Ciertamente, no hay nada nuevo bajo el sol.