A unos 60 kilómetros de Cracovia se encuentra la ciudad de Oswieçim, nombre que a muchos, así de entrada, no dirá nada. Más les sonará en
A unos 60 kilómetros de Cracovia se encuentra la ciudad de Oswieçim, nombre que a muchos, así de entrada, no dirá nada. Más les sonará en cambio el modo de referirse al lugar de los alemanes: Auschwitz. En efecto, aquí se pusieron en marcha los más tristemente célebres campos de exterminio nazis. Historiadores disputan en el clásico baile de cifras, pero se calcula que entre millón y millón y medio de personas fueron asesinadas en Auschwitz I y Auschwitz II, este último complejo conocido también como Birkenau. La mayoría judíos, aunque también gitanos y muchísimos polacos, en un intento sistemático de exterminar las etnias hebrea y gitana, y de acabar con la clase intelectual y dirigente polaca.
Lo hemos visto muchas veces en el cine, quien lo desee puede consultar en la sección de www.decine21.com “Nuestras listas” la correspondiente a Las 50 mejores películas de nazis, donde no faltan títulos que acontecen en Auschwitz, como La lista de Schindler, La pasajera o La vida es bella. De todos modos, y no quiero arrojar piedras contra mi propio tejado cinematográfico, nada es comparable a la visita al escenario real donde sucedieron estos asesinatos en masa, un genocidio ejecutado con una siniestra metodología, todo muy “ordenadito”, lo que pone los pelos de punta. Hasta el turista más tontorrón y superficial se ve obligado a guardar un respetuoso silencio cuando recorre el lugar y ve las pilas de objetos de los prisioneros -gafas, maletas, cachivaches varios...- e incluso su propio pelo, usado luego para la industria cosmética. Sobrecogen las celdas de castigo -una de ellas, la que ocupó san Maximiliano Kolbe, sobre quien hay un apasionante film, Maximilian Kolbe, de Krzysztof Zanussi-, el paredón donde fueron ejecutados millares de prisioneros polacos, y por supuesto, las cámaras de gas. En Birkenau, donde he tomado la foto que ilustra estas líneas, se distingue la línea férrea que transportaba a millares de judíos hacinados en vagones, junto a la torre de vigilancia, una imagen plasmada en infinidad de ocasiones en películas. Aquí es donde las ejecuciones transcurrían con un demencial, diabólico ritmo industrial, aplicación de la llamada “solución final”: los recién llegados al campo eran inspeccionados, y en la mayoría de los casos, destinados casi inmediatamente a la cámara de gas.
Da vértigo considerar las salvajadas de que es capaz el ser humano, aquí ninguna película es comparable a la realidad de un hecho incontestable, el de unos asesinatos que no tienen justificación ninguna. Y aunque ejemplos como el del mentado Kolbe permiten albergar esperanzas sobre el hombre, asomarse a los horrores que ha producido su mano, nuestra mano, asusta.
