En un mundo acelerado, en el que cada vez dominan más los modos bruscos y las malas caras, y donde se pierde a espuertas la buena educación, relucen
En un mundo acelerado, en el que cada vez dominan más los modos bruscos y las malas caras, y donde se pierde a espuertas la buena educación, relucen todavía más las personas agradecidas. Si encima los agradecimientos se prestan a ser interpretados como adulaciones al político de turno, un indudable riesgo, la cosa tiene todavía más mérito. En cualquier caso, parece que José Luis Garci no se corta un pelo a la hora de agradecer a quien cree lo merece.
Con modos de decir que recuerdan a aquel Orson Welles que definía el cine, con estupendo espíritu evocador de la infancia, como el tren eléctrico más maravilloso del mundo, Garci comenta en sus notas para la prensa de su último film, Sangre de mayo: “Hace ya dos años y medio, la Comunidad de Madrid (que ya manejaba numerosos proyectos para conmemorar el Bicentenario del 2 de mayo de 1808), me ofreció la posibilidad de enfrentarme cinematográficamente a tan poliédrico hecho, una insurrección que desencadenaba un vacío de poder, primero, y la Guerra de la Independencia, después. Jamás se lo agradeceré suficientemente a Esperanza Aguirre. Porque ha sido como uno de aquellos regalos que recibí y no recibí de niño. Todo junto. Como el fuerte y la media docena de pieles rojas y de soldados del Séptimo de Custer, que me regalaron mis padres unas navidades, y como la bicicleta que nunca pudieron comprarme.”
Ahí queda dicho todo. Alguno le pondrá a caldo por mojarse de esta manera, y pienso que con toda seguridad el cineasta era consciente de que así ocurriría. Pero se ve que ha pesado más el deseo de que esa gratitud constara en papel y tinta... o en los fotones y bits de internet.
