En Estados Unidos, los ciudadanos están orgullosos de su bandera. Lo hemos visto mil veces, y algunos incluso se sonríen cuando en un acto público
En Estados Unidos, los ciudadanos están orgullosos de su bandera. Lo hemos visto mil veces, y algunos incluso se sonríen cuando en un acto público los ciudadanos americanos escuchan serios su himno nacional ante la bandera de barras y estrellas. Ahora Clint Eastwood en Las banderas de nuestros padres muestra de nuevo el orgullo que provoca un sano patriotismo, con ocasión de la célebre foto de colocación de la bandera estadounidense en la isla de Iwo Jima. Lo cual no está reñido con la crítica, constructiva, a la utilización de bandera y soldados en una campaña de imagen pública para recaudar fondos para la guerra. La escena en que el soldado de origen indio Ira Hayes, convertido en ‘atracción turística’ agita una banderita, es muy ilustrativa al respecto.
Viene esto a cuento de la timidez con que asoma la bandera española en la vida pública. En determinadas autonomías, ya se sabe, está poco menos que proscrita. Y en general, si uno lleva una banderita roja-amarilla-roja en la solapa, es susceptible de ser etiquetado como facha. Aquí, las únicas ‘Banderas’, las de Antonio. El actor, se entiende.
