Con más de quince años acudiendo casi a diario a pases de películas, pueden imaginarse que esta cronista tiene a sus espaldas unas cuantas
Con más de quince años acudiendo casi a diario a pases de películas, pueden imaginarse que esta cronista tiene a sus espaldas unas cuantas experiencias de proyecciones pintorescas. Nunca olvidaré por ejemplo el surrealista pase de Carretera perdida, de David Lynch, en que se proyectaron los rollos de la película en desorden, y algunos de ellos sin subtítulos. Lo que añadía más leña al fuego de una película ‘rara’ por vocación. Un verdadero y providencial toque lynchiano, vamos.
La semana pasada tuve otra de estas pintorescas experiencias, que dan un poco de aliciente al visionado de películas donde decir ‘mediocre’ es decir demasiado. Se trataba del peculiar acercamiento de Ray Loriga a la vida de Santa Teresa de Jesús en Teresa. El cuerpo de Cristo. Bien avanzada la proyección, empezó a llover dentro de la sala. Sí, sí, han leído bien. De pronto, en diversos puntos de la sala, empezaron a caer inesperados chorros de agua. Pocos minutos después de iniciarse el ‘fenómeno’ hablaba la santa de los frágiles techos bajo los que vivían sus monjas, lo que provocó la hilaridad de la concurrencia. Los que estaban situados cerca de las goteras (parece que el piso superior tenía una fuga de agua) corrieron a refugiarse en los puntos secos de la sala. Alguien de prensa propuso suspender la proyección, pero la mayor parte de la concurrencia se negó en redondo. Bastante ‘petardo’ era el film, para tener que acudir otro día a terminar de verlo. Así que con capucha, o en zonas estratégicas, y con estos asombrosos ‘efectos especiales’, visionamos el film hasta el final. Algún colega hablaba de ‘castigo divino’ por la chata visión de Loriga. No digo que no, algo de providencial hubo ahí sin duda.
