Está claro, Anne Hathaway ya no quiere ser princesa. La chica se ha cansado de los papeles que le dieron fama en Disney, sus dos entregas de Princesa
Está claro, Anne Hathaway ya no quiere ser princesa. La chica se ha cansado de los papeles que le dieron fama en Disney, sus dos entregas de Princesa por sorpresa, y su interpretación en Hechizada. Ni siquiera parece conformarse con hacer de agente secreta (Superagente 86 De película), o de novelista de postín (La joven Jane Austen); tampoco de periodista en una revista femenina (El diablo viste de Prada) o de novia en comedieta intrascendente (Guerra de novias). A mí me parece estupendo que intente composiciones de más envergadura, y desde luego me sorprendió gratamente en La boda de Rachel, papel que le dio su única nominación al Oscar hasta la fecha.
En cambio, me ha dejado algo patidifuso su pequeño papel en Historias de San Valentín. Más que nada, nunca me había imaginado a la actriz diciendo procacidades en una línea de teléfono erótica. Esa boca enorme, llena de obscenidades, choca. Más que nada, porque la actriz presenta el aspecto de chica encantadora de las pelis primero mencionadas, y no el de joven hecha polvo por las drogas que exhibía en La boda de Rachel. Esto sólo se entiende sabiendo que detrás de Historias de San Valentín está Gary Marshall, el hombre que convirtió a una prostituta en Cenicienta candidata a princesa en Pretty Woman. El tipo intenta remedar su jugada de antaño, aunque de modo bastante más torpe: reivindicar el “trabajo” de las “profesionales” de las líneas eróticas como algo estupendo y digno de respeto (y como te descuides, casi de admiración), como algo casi inevitable para ganarse la vida en el caso del personaje de Hathaway, resulta bastante ridículo; lo mismo cabe decir de lo que sería una postura “puritana” de su noviete Topher Grace.
