En mi infancia -y por desgracia, ahora menos de lo que quisiera- disfruté un montón leyendo cómics y tebeos, que además de motivo de diversión
En mi infancia -y por desgracia, ahora menos de lo que quisiera- disfruté un montón leyendo cómics y tebeos, que además de motivo de diversión servían también para alimentar mi cultura. Por ejemplo, leyendo una historieta de “Los aristócratas”, personajes que aparecían en los tebeos de Editorial Bruguera, supe del origen de la orden de la jarretera allá por el siglo XIV. Al parecer, cuando a Juana de Kent se le cayó una liga en un baile, el rey Eduardo III de Inglaterra la recogió, y al advertir las miradas picaronas de la concurrencia clavadas en él pronunció la frase en francés “Honi soit qui mal y pense”, o sea, “Vergüenza para el que piense mal de esto”, al tiempo que se ponía la liga en su propia pierna y comenzaba a rumiar la idea de crear la conocida condecoración.
Al ver las reacciones de algunos críticos ante la dura película Shame, me resulta muy difícil no pensar mal, porque a los aplausos por clavar el desnortamiento y vacío de tantos por una sobresaturación de sexo en la sociedad actual, siguen las bromas y comentarios frívolos sobre la anatomía de Michael Fassbender, e incluso entre algunos ha surgido una especie de competición para ver quien encuentra la escena más “caliente” de la filmografía del actor.
Con este comportamiento se parecen, y mucho, al personaje de Charlize Theron de Young Adult, una mujer que a su edad ya debería haber sentado un poquito la cabeza, pero que vive en otra “galaxia”, escribiendo novelitas para “jóvenes adultos”, y pensando en su inmadurez que aún está a tiempo para reconquistar al noviete del instituto, felizmente casado y con su mujer en estado de buena esperanza. En fin, es tiempo de dejar crecer al peterpán que todos tenemos dentro, ¿no? Y perdón, y vergüenza para mí, si he pensado mal.
