El cine en el mes de mayo parece empeñado en ir al cole. Un tema, la educación, que puede abordarse en serio o en broma. La parte jocosa
El cine en el mes de mayo parece empeñado en ir al cole. Un tema, la educación, que puede abordarse en serio o en broma. La parte jocosa a mí, la verdad, no me lo parece tanto. A principios de mes llegaba a las salas American Pie: El reencuentro, culminación de una saga estúpida que arrancó en 1999 siguiendo a unos adolescentes de instituto con las hormonas disparadas y ávidos de perder la virginidad, situación que ya adultos no acaban de abandonar (la de las hormonas disparadas, en lo otro no hay problemas).
Una semana después Infiltrados en clase, una comedia de policías camuflados como alumnos en un instituto, remake de una serie televisiva, prometía ir en la misma dirección. Por fortuna el nivel era mejor de lo esperado, había algún gag divertido. Pero si alguien quería descubrir en este título un canto a la profesión educativa, o un análisis del estado de la enseñanza, se había equivocado de cabo a rabo, pues la única profesora con papel, interpretada por Ellie Kemper, estaba más atenta al cachas de Channing Tatum que a sus lecciones en clase.
Y entonces llegó el cambio de tercio. A partir del 18 de mayo los adolescentes a iban a empezar a ser tratados en las pantallas como personas y no como tarados en los que al final afloran los buenos sentimientos. Llegó, sí, Profesor Lazhar, de Philippe Falardeau. Qué gustazo. La película canadiense estuvo nominada al Oscar a la mejor película extranjera. Se entiende perfectamente. Arranca con el suicidio de una profesora, y cómo afecta el hecho a sus alumnos; la pedagogía de un nuevo profesor, argelino, puede chocar, pero como él se entrega a los chicos, interacciona bien con los otros profesores, trata de llegar a los padres, su calidad como educador -algo más que “enseñador”- cala en el espectador. Pienso que éste es un film que deberían ver padres, profesores y alumnos con orientación. Plantea además algunos de los problemas de las sociedades occidentales que no se acaban de resolver, porque se reconocen los síntomas, pero no las causas, véase la cuestión de la hipersensibilidad hacia posibles abusos sexuales a niños.
Hoy, última semana de estrenos del mes de mayo, es el cine español el que propone una historia de colegio y adolescentes. Los niños salvajes de Patricia Ferreira se centra en tres adolescentes inmersos en la cultura del botellón, pero que son buenos chicos y a los que no falta cierto talento, y la generosidad y la inocencia de su edad, a pesar de los pesares. La desorientación y búsqueda de sentido me recuerda a Verbo de Eduardo Chapero-Jackson, aunque pienso que aquí los logros son mejores, aunque no sean perfectos. La desconexión con los adultos, padres y profesores, resulta evidente, no les entienden; se ha generado un monstruo donde parecen hacer falta especialistas -la orientadora, resulta curioso que en Lazhar también teníamos psicóloga-, para sacar a los chicos del atolladero. Hay una responsabilidad generacional, el legado de unos a los otros, que se apunta, y explica lo inexplicable. ¿Cómo se arreglan las cosas? No es el lugar aquí para exponerlo, pero desde luego no con parches. O se dan razones para vivir, o se acaba... malviviendo.
Por cierto, que aprovecho para recordar la existencia de nuestra lista de las 100 mejores pelis sobre la educación. Y de propina, la de las 100 mejores pelis sobre la juventud: ideales, desconciertos y demás.
