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Conectando con el mundo real: Café de Flore y el síndrome de Down

Muchas veces se relaciona la idea de ir al cine con la evasión, la elusión por un par de hora de los problemas de la vida real. No me

Conectando con el mundo real: Café de Flore y el síndrome de Down

Muchas veces se relaciona la idea de ir al cine con la evasión, la elusión por un par de hora de los problemas de la vida real. No me parece mal. Pero creo que una película, en muchas otras ocasiones, debe servir para todo lo contrario, o sea, para no vivir en la ignorancia y conectar con lo que pasa de verdad en el mundo. Lo que tampoco está mal, vaya.

Me viene esta consideración a la cabeza después de ver Café de Flore, un film del canadiense Jean-Marc Vallée que, puede que no sea perfecto –el artificio para unir finalmente las dos historias no funciona, pienso–, pero al menos aborda cuestiones que importan, y que hay que saber afrontar, está en juego nada menos que la felicidad.

Una de las dos tramas que vertebran la película transcurre en París, en 1962. Una mujer, Jacqueline (Vanessa Paradis), ha sido madre de Laurent, un niño con síndrome de Down. Se trata de la persona a la que más quiere en este vida, a él va a entregar su vida por entero, y por su educación afrontará mil sacrificios entregándole su amor; cuesta, hay sufrimiento, pero también momentos maravillosos. Todo lo contrario pasa con el padre, que recibe mal la noticia de la discapacidad de su hijo, sugiriendo que hay instituciones que se ocupan de la gente como él, y finalmente abandonando el hogar. No es difícil imaginar con tal panorama que, en 2012, con un diagnóstico prenatal desfavorable, este progenitor habría decidido abortar.

Ahora que el actual gobierno español ha puesto sobre el tapete la idea de eliminar el aborto eugenésico, me parece que está película ayuda a aterrizar en el mundo real. En vez de sobrevolar el mundo armados de conceptos tan manoseados como el derecho de la mujer a decidir, retroceso en nuestras libertades y demás zarandajas, conviene mirar a la cara al niño al que da vida de modo encantador Marin Gerrier, o a la niña también con síndrome de Down, Véronique, ésta interpretada por Alice Dubois. ¿De verdad que hay que impedir el nacimiento de personas como éstas, eliminar a seres humanos? ¿Esto es progreso? ¡Por favor!

A Vallée parece que literalmente se le caiga la baba cuando declara en una entrevista, hablando de Gerrier y Dubois: “Durante las pruebas les decía [a Gerrier y Paradis]: ‘Ahora voy a sonreír, quiero que sonriáis como yo’. A veces lo hacían, otras no les salía en el buen momento. Una vez les dije que debían ponerse tristes como yo, y de pronto todos me abrazaron. Empecé a preocuparme y fue entonces cuando apareció Alice, que encarna a Véronique. Hablaba muy bien. Tuvimos suerte de encontrar a dos actores que van al mismo colegio, se quieren, quieren casarse, quieren tener hijos.”

No es ningún secreto que con la actual ley del aborto ha disminuido el número de personas con Down –pinchar aquí para leer un esclarecedor artículo de El País ya en 2008–, lo que debería ser considerado una forma de discriminación intolerable, no se trata de curación, obviamente. No es de extrañar que Agustín Matía, de la Federación Española de Personas con Síndrome de Down, apoye la reforma anunciada por el ministro de justicia, Alberto Ruiz Gallardón, que para desesperación de los que se autodenominan progresistas, atrapados en el laberinto de la contradicción, sigue una recomendación de Naciones Unidas, que detecta en la legislación española un elemento discriminatorio por discapacidad.

He aquí otra realidad: Pablo Pineda, el celebrado y premiado actor español por Yo, también, que tiene síndrome de Down, podría tal vez no haber tenido la oportunidad de alegrarse en 2009 con sus logros fílmicos si, cuando le tocaba nacer, hubieran dominado en la sociedad ciertas actitudes egoístas, un pragmatismo inhumano que ignora la inmensa dignidad de todas las personas, de cada una, no hay hombres prescindibles para los que esté permitida su eliminación.

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