Dentro de poco más de dos semanas, el superhéroe por antonomasia se dispone a volar por las pantallas de todo el mundo con el
Dentro de poco más de dos semanas, el superhéroe por antonomasia se dispone a volar por las pantallas de todo el mundo con el legítimo deseo de entretener y hacer caja. Nuevo lanzamiento de la franquicia Supermán, El hombre de acero, esta vez con la para mí atractiva presencia de Christopher Nolan en los créditos, como cocreador del argumento y productor. También están David S. Goyer, que con Nolan relanzó muy bien a Batman, y Zach Snyder, que es el que más miedo me da, confieso que no me gusta 300, y tampoco me apasiona Watchmen, pese a la capacidad visual del cineasta.
Pero este post está dedicado a un pequeño supermán que se pasea por la pantalla en una película más modesta y sin pretensiones rompetaquilleras, Inch'Allah, o sea, “lo que Dios quiera”. La cinta canadiense se estrena el próximo viernes, y pinta con buen tino la kafkiana situación de Oriente Medio, el conflicto que no cesa, que le toca vivir a una médico de Canadá que trabaja con Naciones Unidas, y que a diario pasa de zona israelí a territorios palestinos ocupados.
Es una imagen muy gráfico la de un niño que toda la película se pasea vestido con un disfraz de Supermán. Hijo de una amiga de la protagonista, el chaval que nunca habla deviene en eficaz metáfora de quien desea volar alto, pero la situación política se convierte en demoledora kriptonita que le clava al suelo. La imagen final contra el muro es muy, muy elocuente. Mi pequeño recuerdo al hombrecito de acero, mi pequeño Supermán, que quizá no arrase en taquilla, pero que ojalá encuentre su público.
