Sus abuelos tuvieron que huir de China durante la II Guerra Mundial, cuando el país fue invadido por Japón. Y sus padres de Camboya, con la llegada de los jemeres rojos. Tras ejercer como animador en unos pocos títulos como “El techo del mundo” (2015), de Rémi Chayé, Denis Do debuta como director con “Funan”, que ha conseguido captar, recurriendo a la animación, la tragedia vivida por sus progenitores, que se separaron accidentalmente de su otro hijo, hermano del realizador.
¿Cómo surgió la idea de rodar esta película?
Se me ocurrió durante mi infancia. Mi madre me contó muchas cosas sobre la era de los jemeres rojos. Me dije a mí mismo que un día convertiría mi herencia en algo tangible. Mientras estaba en Gobelins Animation School, le hablé a un compañero sobre una escena en particular. Éste me dijo que era muy emocionante y que debía convertirla en una película. Era marzo de 2009, en junio me gradué y me senté frente a mi madre con un bloc de notas. Le dije que teníamos que hablar de todo. Realicé varios viajes seguidos a Camboya para comparar testimonios, historias y hacer un seguimiento cronológico de las cosas.
En 2011, ya tenía listos todos los ingredientes principales de la película. Se unió a la aventura Magali Pouzol, que coescribió conmigo el guión de Funan.
¿Ha evitado un retrato caricaturesco de los jemeres rojos?
No quería que mi película fuera monolítica. Desarrollé personajes que me sirvieran para mostrar a qué se refiere el psicólogo estadounidense Stanley Milgram como los hábitos de los oficiales de baja categoría: obediencia ciega a las órdenes dadas desde arriba, en un clima opresivo, tras haber sido sometidos a un lavado de cerebro. Pero eso no quiere decir que la bondad humana no persista en algunos, a menudo a través de vínculos familiares, y quería explorar esta idea a través de dos personajes en la película. Fue un poco difícil porque al principio dudaba en abogar por las personas que pertenecían a los Jemeres Rojos, pero terminé abrazando la idea.
La película es dura, pero no se regodea en la violencia.
Siempre se sugiere, no la vemos. En la única escena explícita, cometen violencia las víctimas y no el Jemer Rojo, lo que tiene mucho sentido para mí. La vida de las personas era difícil en ese momento, y cualquier cosa puede desencadenar la brutalidad.
El film plasma muy bien el papel de la familia.
Para todas las culturas del mundo, la familia es la base de la sociedad. Una especie de verdad contra la que nadie se opondría. Sin embargo, los jemeres rojos lo intentaron. El film quiere ser más sobre la institución familiar y la condición humana que sobre las ideologías políticas.
¿Aumenta la tensión que los protagonistas hablen en voz baja, y parezcan muertos de miedo?
La película se centra en la supervivencia y las relaciones humanas. No quería construir la película alrededor de un héroe, sobre todo porque cuando alguien intentaba oponerse a los jemeres rojos, acababa completamente aplastado. Todos los esfuerzos heroicos se cortaban en la raíz. Las posibilidades de rebelarse eran muy limitadas, así que los intercambios constructivos se realizaban más o menos en secreto. Tenías la sensación de que era muy difícil exponer las ideas a la luz del día. Por eso, cuando los personajes hablan entre sí, siempre lo hacen con una voz cercana a un susurro. Se trata de crear una atmósfera inquietante: los Jemeres Rojos son un enemigo un poco invisible.
