Memorias. Del cine en la Transición (Alfonso Ungría, Cátedra, col. Signo e Imagen, 401 págs)
Autobiografía de Alfonso Ungría, centrada en su carrera cinematográfica, cuyo origen cabe situar en la decisión de su amigo y colega Augusto M. Torres de incluirle en su libro publicado en 2004 “Directores españoles malditos”. ¿Es justa su adscripción en esta relación de cineastas de carrera irregular o malograda?, se preguntó un Ungría que sentía que su trayectoria era muy diferente a los de nombre ahí relacionados. De modo que se lanzó a escribir estas memorias, que se desarrollan en dos tiempos bien determinados, que van poco a poco confluyendo. Y entre los recuerdos de esas épocas van quedando consignadas sus ideas sobre el oficio fílmico, y sobre la España en la que le tocó crecer y madurar, también profesionalmente, el tardofranquismo y la transición, mencionada esta explícitamente en el título del libro. Le toca sufrir pues, la censura, y también la reacción que vino después, con los excesos que acompañaron a la recién recobrada libertada, la inclusión desmesurada de sexo en las películas, con ocasión o sin ella.
Parte de la dificultad que puede tener un potencial lector para acometer este libro, es el desconocimiento de la obra del autor, en cine y en televisión, y eso que gran parte de lo que hizo para Televisión Española está ahora accesible a través de internet, en la web del ente público. Sin duda que la miniserie biopic Cervantes es su obra más popular, un meritorio acercamiento al genial autor de “Don Quijote de la Mancha”. Pero otros trabajos, a pesar de su repercusión en festivales, son menos conocidos y han sido menos vistos, y por diversos avatares que Ungría explica, no han llegado al público.
Los textos que conforman el libro se van alternando entre los que arrancan en 1997 y los que lo hacen en 1953-62. Alfonso Ungría decide comentar su relato con un proyecto no convertido finalmente en película, Las señoritas, para ejemplificar aquellas ideas que tuvo y no terminaron en la pantalla, y que pudieron frenarle o tenerle a veces decaído, y que podría explicar el sambenito de malditismo; de modo que detalla su investigación para una trama de chicas jóvenes bien, que por distintas razones, no por dinero, ofrecen una “compañía” o prostitución de lujo, a empresarios o políticos que quieren dar una determinada imagen. Y desde ahí se va avanzando hacia la actualidad, concediendo especial peso a la planificación y rodaje de El deseo de ser piel roja, su canto del cisne hacia la retirada, la dedicación a la docencia, la publicación de un par de novelas, sólo vendría después un segmento del film colectivo antiguerra de Irak ¡Hay motivo!.
Y por otro lado están los flash-backs, que detallan sus años universitarios, su visionado de películas en cineclubs, su camaradería con M. Torres y Emilio Martínez Lázaro, y los primeros trabajos para el NO-DO, que le permiten acometer Vida en los teleclubs, con la paradoja de un premio y su caída en desgracia por mostrar indirectamente la miseria de los pueblos donde se desarrollaba la actividad documentada. El autor escribe con gracejo, y en general respetando a las personas de las que habla, lo que tiene mérito, pues evidentemente hay situaciones que no le agradan y le producen rechazo. Y entran ganas de echar un ojo a algunas de sus obras tempranas inaccesibles y más personales, como la de El hombre topo (1970) –el tema de los republicanos escondidos en sótanos de casas daría pie casi 50 años después al film La trinchera infinita del trío Aitor Arregi, Jon Garaño y Jose Mari Goenaga–, Tirarse al monte (1972) –con título nacido de un equívoco– o Gulliver (1977) –según la novela de Jonathan Swift–. O de meterse en la web de RTVE y ver en streaming algunas de sus muchas adaptaciones literarias, que le dieron mucho oficio, o, más cercanos en el tiempo, asomarse a las series Gatos en el tejado (1988) o Hasta luego cocodrilo (1993).
Pienso que, se comulgue o no con sus ideas, vertidas con honestidad, es disfrutable la lectura de estas páginas, que acercan también al modo en que salían –y siguen saliendo– adelante las producciones, a veces caprichosamente, por el deseo de alguien con recursos de respaldar un proyecto, otras con la picaresca en diversos grados con que se recurre a las subvenciones, y atrapa la descripción de personajes variopintos, como la del “Sr. Frade”.
