Hollywood le ha puesto estrella al miedo. John Carpenter, director, compositor y padre de La noche de Halloween, acaba de recibir su merecido hueco en el Paseo de la Fama. Y no es una broma de mal gusto ni un susto con banda sonora: es un reconocimiento a décadas de pesadillas convertidas en cine de culto.
Antes de convertir los sustos en arte, John Carpenter era solo “ese chaval del otro lado de la calle” en Bowling Green, Kentucky. Lo cuenta Kelly Thompson, hoy magistrado del Tribunal Supremo del estado, y amigo de infancia del cineasta, que ha hablado durante la ceremonia. “Éramos los únicos niños que vivíamos en el campus de la universidad. Su padre dirigía el departamento de música, y el mío era el presidente”, recuerda.
Cada sábado, la infancia de ambos pasaba por las butacas del Capitol Theatre. La mujer y el monstruo, Los pájaros, El enigma de otro mundo... películas que John Carpenter veía con ojos de cineasta precoz mientras Kelly, admite, “hacía más travesuras que análisis”.
Ese mismo niño curioso dirigiría más tarde La niebla, 1997: Rescate en Nueva York, Christine, Están vivos o Starman, muchas con referencias a Bowling Green. Hoy la ciudad presume de ello con festivales temáticos, rutas de rodaje y hasta un “Boos and Brews” que suena a Halloween con cerveza artesanal.
