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En su audiencia al mundo del cine les pide que “no huyan del misterio de la fragilidad”

El Papa León XIV defiende las salas de cine como corazón palpitante de la cultura

A las once y media de la mañana el Papa recibía en la Sala Clementina del Vaticano a un nutrido grupo de cineastas de todo el mundo, donde se veían rostros tan conocidos como los de Cate Blanchett, Viggo Mortensen, Monica Bellucci o Sergio Castellitto. Allí León XIV arrancó varias veces sus aplausos con un sentido discurso donde alabó la fuerza de las películas y su capacidad de sorprender e interpelar al espectador.

El Papa León XIV defiende las salas de cine como corazón palpitante de la cultura

El Papa ha invitado a no resignarse ante los peligros a que se enfrenta el cine y ha reivindicado entre aplausos a las salas de cine como un lugar que debe ser “corazón palpitante de nuestros territorios”, comentando que “las salas de cine están sufriendo una importante erosión que las está alejando del corazón de las ciudades y de los barrios”. En efecto, a nadie se le escapa que muchas veces las películas se ven de otras maneras, y a veces a la hora de hacerlas o verlas, comentó León XIX, se imponen algoritmos en vez de la búsqueda profunda de una buena historia.

En su oficio, animó a los cineastas a que sea “capaces de reconocer la esperanza en el dolor” de las tramas que desarrollan, y que sepan usar “la palabra y el silencio” en sus historias. Aseguró el Pontífice que la Iglesia les mira con cariño, y citando a san Pablo VI les aseguró que “si sois amigos del verdadero arte, sois nuestros amigos”.

Además habló de que “el cine es un laboratorio de esperanza”, y que deben procurar hacer de él “un arte del espíritu”, en el que sean “testigos de esperanza, belleza y verdad”, para “promover la verdadera dignidad humana”. En ese esfuerzo les pidió “no temer enfrentarse a las heridas del mundo”, que “piden ser vistas”, “no es explotar el dolor”, explicó, sino un “acto de amor”, y es que “el arte no debe huir del misterio de la fragilidad”. En su discurso citó a uno de los pioneros del cine David W. Griffith, con la bella imagen de un árbol agitado por el viento, que también habla del espíritu.

“Sin ser didáctico” sin más, el Papa se refirió a las “posibilidades de educar la mirada” del cine. Y en lo relativo a su realización, comentó que a pesar de la importancia del director, se trata de un “acto comunitario, coral, donde no basta solo un individuo”. En este pasaje citó la contribución que hacen todas las profesiones, y provocó las risas de los asistentes cuando tras una larga lista, pidió perdón espontáneamente si olvidaba a algún profesional, “son muchos”, reconoció.

audiencia publico leon

En ese trabajo en equipo, “en una época de personalismos exagerados y contrapuestos, es obligatorio comprometer el propio talento, en un clima colaborativo y fraterno”, les animó, para que “el cine sea un lugar de encuentro”, “que no pierda su capacidad de sorprender”.

El acto terminó con la bendición a todos los asistentes y el saludo personal a todos ellos.

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A continuación ofrecemos e textol DISCURSO COMPLETO pronunciado por el Papa en la audiencia, y al final del todo enlace al vídeo del encuentro:

En el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo. ¡La paz sea con vosotros!

Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días y bienvenidos

El cine es un arte joven, soñador y un poco inquieto, aunque ya centenario. Precisamente en estos días cumple ciento treinta años, contando desde aquella primera proyección pública, realizada por los hermanos Lumière el 28 de diciembre de 1895 en París. Inicialmente, el cine aparecía como un juego de luces y sombras, para divertir e impresionar. Pero muy pronto, aquellos efectos visuales supieron manifestar realidades mucho más profundas, hasta convertirse en expresión de la voluntad de contemplar y comprender la vida, de narrar su grandeza y su fragilidad, de interpretar su nostalgia de infinito.

Con alegría os saludo, queridos amigos y amigas, y saludo con gratitud lo que el cine representa: un arte popular en el sentido más noble, que nace para todos y habla a todos. Es bello reconocer que, cuando la linterna mágica del cine se enciende en la oscuridad, se inflama al mismo tiempo la mirada del alma, porque el cine sabe asociar lo que parece mero entretenimiento con la narración de la aventura espiritual del ser humano. Uno de los aportes más preciosos del cine es precisamente el de ayudar al espectador a volverse hacia sí mismo, a mirar con ojos nuevos la complejidad de su propia experiencia, a revisar el mundo como si fuera la primera vez y a redescubrir, en este ejercicio, una porción de esa esperanza sin la cual nuestra existencia no es plena. Me conforta pensar que el cine no es solo “moving pictures”: ¡es poner en movimiento la esperanza!

Entrar en una sala cinematográfica es como cruzar un umbral. En la oscuridad y en el silencio, el ojo vuelve a estar atento, el corazón se deja alcanzar, la mente se abre a lo que aún no había imaginado. En realidad, vosotros sabéis que vuestro arte requiere concentración. Con vuestras obras, dialogáis con quien busca ligereza, pero también con quien lleva en el corazón una inquietud, una pregunta de sentido, de justicia, de belleza. Hoy, vivimos con las pantallas digitales siempre encendidas. El flujo de informaciones es constante. Pero el cine es mucho más que una simple pantalla: es un cruce de deseos, memorias e interrogantes. Es una búsqueda sensible donde la luz perfora la oscuridad y la palabra encuentra el silencio. En la trama que se despliega, la mirada se educa, la imaginación se dilata e incluso el dolor puede encontrar un sentido.

Estructuras culturales como los cines y los teatros son corazones palpitantes de nuestros territorios, porque contribuyen a su humanización. Si una ciudad está viva, es también gracias a sus espacios culturales: debemos habitarlos, construir relaciones en ellos, día tras día. Pero las salas cinematográficas viven una preocupante erosión que las está sustrayendo a ciudades y barrios. Y no son pocos los que dicen que el arte del cine y la experiencia cinematográfica están en peligro. Invito a las instituciones a no resignarse y a cooperar para afirmar el valor social y cultural de esta actividad.

La lógica del algoritmo tiende a repetir lo que “funciona”, pero el arte abre a lo que es posible. No todo debe ser inmediato o previsible: defended la lentitud cuando sirve, el silencio cuando habla, la diferencia cuando provoca. La belleza no es solo evasión, sino sobre todo invocación. El cine, cuando es auténtico, no solo consuela: interpela. Llama por nombre a las preguntas que habitan en nosotros y, a veces, también a las lágrimas que no sabíamos que debíamos expresar.

En el año del Jubileo, en el que la Iglesia invita a caminar hacia la esperanza, vuestra presencia de tantas naciones y, sobre todo, vuestro trabajo artístico cotidiano, son signos luminosos. Porque también vosotros, como tantos otros que llegan a Roma desde todas partes del mundo, estáis en camino como peregrinos de la imaginación, buscadores de sentido, narradores de esperanza, mensajeros de humanidad. El camino que recorréis no se mide en kilómetros, sino en imágenes, palabras, emociones, recuerdos compartidos y deseos colectivos. Es un peregrinaje en el misterio de la experiencia humana que atravesáis con una mirada penetrante, capaz de reconocer la belleza incluso en los pliegues del dolor, la esperanza dentro de las tragedias de las violencias y de las guerras.

La Iglesia os mira con estima a vosotros que trabajáis con la luz y con el tiempo, con el rostro y con el paisaje, con la palabra y con el silencio. El Papa San Pablo VI os dijo: «Si sois amigos del verdadero arte, sois nuestros amigos», recordando que «este mundo en el que vivimos necesita de la belleza para no hundirse en la desesperación» (Mensaje a los artistas al final del Concilio Vaticano II, 8 de diciembre de 1965). Yo deseo renovar esa amistad, porque el cine es un laboratorio de la esperanza, un lugar donde el hombre puede volver a mirarse a sí mismo y a su propio destino.

Quizá debamos escuchar de nuevo las palabras de un pionero del séptimo arte, el gran David W. Griffith. Él decía: «What the modern movie lacks is beauty, the beauty of the moving wind in the trees» [lo que al cine moderno le falta es belleza, la belleza del viento moviéndose entre los árboles]. ¿Cómo no pensar, al escuchar a Griffith hablar del viento entre los árboles, en aquel pasaje del Evangelio de Juan: «El viento sopla donde quiere y oyes su voz, pero no sabes de dónde viene ni adónde va: así es todo el que ha nacido del Espíritu» (3,8)? Queridos maestros antiguos y nuevos, haced del cine un arte del Espíritu.

Nuestra época necesita testigos de esperanza, de belleza, de verdad: vosotros con vuestro trabajo artístico podéis serlo. Recuperar la autenticidad de la imagen para salvaguardar y promover la dignidad humana está en el poder del buen cine y de quien es su autor y protagonista. No tengáis miedo del confronto con las heridas del mundo. La violencia, la pobreza, el exilio, la soledad, las adicciones, las guerras olvidadas son heridas que piden ser vistas y narradas. El gran cine no explota el dolor: lo acompaña, lo investiga. Esto han hecho todos los grandes directores. Dar voz a los sentimientos complejos, contradictorios, a veces oscuros que habitan el corazón del ser humano es un acto de amor. El arte no debe huir del misterio de la fragilidad: debe escucharlo, debe saber detenerse ante él. El cine, sin ser didáctico, tiene en sí, en sus formas auténticamente artísticas, la posibilidad de educar la mirada.

Para concluir, la realización de una película es un acto comunitario, una obra coral en la que nadie basta por sí solo. Todos conocen y aprecian la maestría del director y la genialidad de los actores, pero una obra sería imposible sin la dedicación silenciosa de cientos de otros profesionales: asistentes, runners, encargados de vestuario, electricistas, sonidistas, atrezzistas, maquilladores, peluqueros, diseñadores de vestuario, buscadores de localizaciones, directores de casting, directores de fotografía y de música, guionistas, montadores, especialistas en efectos, productores… ¡Espero no dejar a nadie fuera, pero son muchos! Cada voz, cada gesto, cada competencia contribuye a una obra que solo puede existir en el conjunto.

En una época de personalismos exacerbados y contrapuestos, nos mostráis cómo para hacer una buena película es necesario comprometer los propios talentos. Pero cada uno puede hacer brillar su particular carisma gracias a los dones y cualidades de quien trabaja a su lado, en un clima colaborativo y fraterno. Que vuestro cine siga siendo siempre un lugar de encuentro, una casa para quien busca sentido, un lenguaje de paz. Que no pierda nunca la capacidad de sorprender, continuando mostrándonos aunque sea un solo fragmento del misterio de Dios.

El Señor bendiga a vosotros, a vuestro trabajo y a vuestros seres queridos. Y os acompañe siempre en el peregrinaje creativo, para que podáis ser artesanos de la esperanza. Gracias.

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