El éxito arrollador de "Lilo y Stitch" (2025) no ha caído del cielo como una nave alienígena descontrolada. Se debe a una mezcla explosiva de estrategia, nostalgia, buen hacer y orejas azules adorables. Porque si algo ha quedado claro es que Stitch no es solo un experimento fallido: es un éxito de laboratorio... y de taquilla.
Y es que el nuevo diseño de Stitch ha sido amor a primera vista, segunda vuelta y tercera visita al cine. El alienígena más adorable de Disney vuelve más mono, más travieso y con más píxeles por pulgada cuadrada que nunca. El CGI ha hecho magia: conserva su esencia juguetona pero parece que en cualquier momento va a saltar de la pantalla para robar un bocadillo al espectador y darle un abrazo pegajoso.
Disney sabía perfectamente que tenía un as bajo la manga con este personaje. Stitch no solo vende entradas, vende de todo: mochilas, sudaderas, toallas, cepillos de dientes, zapatillas y hasta tazas con forma de su cara (no recomendadas para los que padecen tripofobia o miedo a los colmillos adorables). El merchandising se dispara a velocidades warp, y Stitch se ha ganado el título de “rey del estante”.
Y no es solo cosa de tiendas. En los parques temáticos de Disney, las colas para hacerse una foto con el peluche azul con patas son más largas que las de Space Mountain un sábado por la mañana. Mientras otros personajes se aburren esperando visitas, Stitch sigue atrayendo multitudes como si regalara malteadas hawaianas con cada abrazo. Eso sí, cuidado con el disfrazado: su energía también parece sacada de otro planeta. En Disney+, el filim original animado Lilo y Stitch alcanza un gran número de reproducciones, por lo que la empresa sabe que las nuevas generaciones conocen a sus protagonistas. Los niños de hoy no sólo lo conocen, lo veneran. Stitch ha pasado de ser un rebelde galáctico a un referente familiar intergeneracional. En resumen: era cuestión de tiempo que el remake lo petara.
Y lo petó. El tráiler oficial, lanzado el 12 de marzo de 2025, batió récords: 158 millones de visualizaciones en 24 horas. Solo El Rey León le ruge más fuerte en la categoría de live-actions. Esta respuesta ya anticipaba que lo que venía iba a dar que hablar.
Cuando llegó a los cines, Lilo y Stitch no despegó, se teletransportó directamente al éxito. En su primer fin de semana en EE. UU., recaudó 183 millones de dólares, o lo que es lo mismo, unos 169 millones de euros. Un récord galáctico para el fin de semana del Día de los Caídos. A nivel global, ya ha acumulado (en el momento de publicación de este reportaje) la astronómica cifra de 392 millones de euros, situándose como la quinta película más taquillera del año. Y en España, donde Stitch ya tenía club de fans desde tiempos pre-streaming, arrasó: 7 millones de euros del 23 al 28 de mayo (1 millón de espectadores según cifras de Disney España), dejando en segundo plano a Misión Imposible: sentencia final, que se quedó con unos humildes 1.591.810 euros en su primer fin de semana. Lilo y Stitch no solo ganan: aplastan.
Pero no todo ha sido miel sobre gofres hawaianos. La nueva versión ha traído algunos cambios que han provocado más de un gruñido. Uno en particular ha dado que hablar: (Atención: Spoiler) Nani, la hermana mayor de Lilo, cede la custodia de la pequeña para seguir sus estudios universitarios. Aunque el mensaje tiene una lógica moderna, muchos fans consideran que traiciona el espíritu de Ohana, ese “nadie se queda atrás” que nos hacía llorar con la boca llena de palomitas. La polémica encendió redes sociales, programas de tertulia y grupos de WhatsApp familiares. Pero como suele pasar, la tormenta mediática no hizo más que darle combustible al cohete.
Con todo esto, Lilo y Stitch (2025) ha logrado algo que no todas las adaptaciones en imagen real consiguen: mantener la magia original, modernizar el mensaje y expandir su universo con éxito. Cuando se combina un personaje querido, una campaña de marketing interplanetaria, una estética irresistible y el respaldo emocional de millones de fans, lo que se obtiene no es una película: es un fenómeno.
Porque Stitch, amigos, no vino a jugar. Vino a conquistar. Y vaya si lo ha conseguido. ¿La moraleja? Puestos a reimaginar un clásico, hay que hacerlo con orejas grandes, mucha ternura, algo de caos... y merchandising para aburrir.
