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Zona friki

El Gran Apagón necesita peli ya

No sé cómo vivisteis vosotros el Gran Apagón en España, pero lo mío fue tan dramático, tan épico… que si no acaba en los Goya, es porque alguien no quiere ver al cine español triunfar.

El Gran Apagón necesita peli ya

Todo empezó a las doce y media. Estaba viendo una peli en un pase de prensa en pleno centro de Madrid, cuando de pronto, ¡zas!, pantalla negra. Se apaga la proyección. Salgo a ver si el proyeccionista se ha dormido, y me sueltan lo temido: apagón. “Pero tranquilo, que en unos minutos vuelve”, me dicen. Ja. Eso no era un apagón, era el apagón. Con mayúsculas y sin intermitencias.

Un rato después, la representante de la distribuidora anuncia que se suspende la proyección y que ya nos llamarán. Sí, claro, como las parejas que te dicen "necesito tiempo". Salgo a la calle y me empiezan a llegar mensajes: “En Moratalaz tampoco hay luz”. “En Asturias, igual”. “En Portugal también”. ¿Pero esto qué es, una secuela de Contagio o Iberdrola jugando al SimCity en modo caos?

Empiezan a hablar de hackeo, de ciberguerra, de que la tercera guerra mundial igual no empieza con tanques, sino con routers caídos. Me entró una angustia que sólo se cura con supermercado. Y allí estaban: hordas humanas cargando garrafas, latas, papel higiénico y croquetas congeladas como si fuera el fin del mundo y no un lunes. Yo solo tenía en la nevera una hoja de perejil mustio y un Magnum. Nivel supervivencia: MasterChef edición hambre.

Llego a casa, y mis vecinos —esos que normalmente no te saludan ni aunque os crucéis en el ascensor— estaban en la calle, con sillas, charlando como si estuviésemos en la verbena del pueblo. Subí a comprobar lo importante: el Magnum. Lo cronometré con mi Casio de la comunión: sin luz, su esperanza de vida son 14 minutos. Pura tragedia.

Intenté leer, pero el libro electrónico estaba tan apagado como el país. Me puse una linterna de pilas en la frente, cual minero del extrarradio, y acabé leyendo las instrucciones del router. Spoiler: no pone cómo devolver la luz al mundo.

Así que monté mi propio reality de supervivencia: velas, mantas, sopa calentada con mechero y la banda sonora a base de palmadas. Si eso no es cine, que venga Bayona y me lo diga a la cara.

Y justo cuando estaba aceptando mi destino de monje digital —modo ermitaño de interior— vuelve la luz. Todo explotó a la vez. El microondas empezó a pitar como si hubiese perdido a su hijo. La lavadora, en modo rave. Alexa, gritando que no me entiende. Yo, con bata, tenedor en mano y linterna en la frente, parecía que estaba a punto de cortar el cable rojo de una bomba.

Resumen: sobreviví al silencio, al WiFi muerto y al dilema existencial de no saber qué hora es sin mirar el móvil. Esto no fue solo un apagón. Fue Apagón: Crónica de un héroe doméstico. La peli está escrita. Protagonizada por mí. Cameo de mi helado derretido. Música de Amaral. Producción: la vida.

Netflix, llámame. Tengo drama, tengo comedia y tengo el mejor clímax con bata que ha visto este país.

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