Atención, amantes del surrealismo, amigos del sinsentido y coleccionistas de relojes derretidos: "Alicia en el País de las Maravillas" ha montado su madriguera en CaixaForum Madrid. Y sí, aquí los relojes se atrasan, los gatos se esfuman sin dejar ni un pelo y las leyes de la lógica… están de baja laboral por estrés.
Todo empezó en 1865, cuando un tal Charles Lutwidge Dodgson —que se puso como pseudónimo “Lewis Carroll”— decidió que la realidad era una patraña y que lo suyo era mezclar matemáticas, literatura y setas con efectos secundarios. Se inspiró en Alice Liddell, una niña real con más sentido común que toda la sección de política de cualquier periódico nacional. El resultado: un clásico infantil que entiende mejor el caos del mundo adulto que muchos adultos con coaching.
La exposición de Alicia en el País de las Maravillas es una auténtica fiesta del té cultural. Pero no de ésas con pastas secas y conversación forzada, sino una con más de 150 piezas que van desde ilustraciones victorianas hasta películas, moda, arte contemporáneo y realidad virtual, porque si Alicia nos enseñó algo es que da igual lo profundo que caigas: siempre puedes caer en algo peor… como el metaverso.
Eso sí, que nadie se engañe. Esto no es solo un cuento para niños con pijamas de rayas. Aquí se habla del tiempo, la identidad, el absurdo… y lo estresante que es ser adulto y no poder hablar tranquilamente con una oruga fumadora sin que te mire raro el de recursos humanos.
¿De qué va esto realmente? Una niña persigue a un conejo con ansiedad crónica, se cae por un agujero que haría llorar a cualquier arquitecto, conoce a una oruga colocada y termina tomando el té con un sombrerero que no pasaría un test psicotécnico ni con ayuda de ChatGPT.
Y todo esto porque… se aburría. Señoras, señores y criaturas indefinidas: Alicia fue la primera influencer de viajes existenciales. “Aquí, cayendo por un agujero dimensional porque me aburría en el jardín y ya me había terminado Netflix. #RabbitHoleChallenge”.
¿Y el conejo? Siempre con el reloj en la mano y la nómina en el limbo, o sea que parece... ¡un autónomo! Corre, corre… pero nadie sabe adónde va. Probablemente a entregar una factura sin IVA.
El país de las maravillas, sinceramente, tiene de maravilloso lo que los grupos de WhatsApp de vecinos. Animales parlantes, galletas que te hacen cambiar de talla sin previo aviso, una reina con más mal genio que el algoritmo de Google y normas que cambian cada cinco minutos. O sea, como la vida adulta, pero con más colorines.
Y luego está el gato de Cheshire. Un ser que aparece cuando no se le necesita y desaparece en cuanto hay que mover muebles. Ese gato no es mágico: es freelance.
Así que ya lo sabes: si quieres entrar en un mundo donde nada tiene sentido, pero todo encaja… sigue al conejo blanco.
