El otro día me cabreó ver que en redes sociales ponían a caldo a una pobre pipiola que reconocía su dificultad para entender un libro clásico, intentaba escalar las “Cumbres borrascosas”, intrigada por el reciente estreno de la nueva adaptación al cine.
La lectura se le hacía cuesta arriba, por lo que muchos internautas la insultaban o se mofaban de ella. Solidaridad cero. Empatía menos diez. Las redes sociales se han convertido en un corral de borricos con WiFi: mucho rebuzno, poco pienso. El invento más nefasto desde la bomba atómica. La chavala ha tenido que borrar su publicación.
Me fascina esa superioridad moral del lector olímpico. Gente que a juzgar por cómo escriben, sin tilde ninguna, que seguramente tampoco pasó de la página 40 de Cumbres borrascosas, pero que en público cita a Heathcliff como si fueran íntimos. “Llo lo hentendi a la primera (sic)”, dicen. Claro, campeón.
Pero, bromas aparte, el asunto tiene más miga que el pan de una biblioteca antigua. Porque más allá del linchamiento digital —deportivo nacional— los datos no son precisamente una novela rosa. La comprensión lectora está bajando el listón en todas las generaciones. Sí, en todas. No es solo cosa de chavales; también hay adultos que leen titulares como quien lee a Proust: sin llegar al final.
Hoy descubro la nueva edición de un clásico de mi infancia, “Los cinco”, de Enid Blyton, y se me cae el alma a los pies, si se compara con la versión antigua. Se presenta con una tipografía típica de los libros de preescolar, unos dibujos que parecen de dibujos animados para niños muy pequeños, y por supuesto, se ha hecho una nueva traducción para los jóvenes de ahora. Resulta significativo que se hayan cambiado los números romanos de antaño, pues al parecer la chavalada ya no los entiende.
Pienso que además, los jóvenes de ahora están acostumbrados a que todo sea inmediato. En "Madame Bovary", de Gustave Flaubert, pasan cosas, sí, pero tardan. Hay descripciones. Paisajes. Silencios. Hoy si en la primera página no ha explotado algo, el lector joven piensa que el libro está bugueado”, según su lenguaje, lo que al parecer significa que tiene un fallo informático gordo.
Yo intenté regalarle a mi sobri de veinte años "La Regenta", de Leopoldo Alas Clarín. Me dijo: “Tiene demasiadas páginas. ¿No hay versión resumen?”. Claro, hombre. Y ya que estamos, el resumen del resumen, en hilo de Twitter, y si puede ser con emojis. Ana Ozores en cuatro emoticonos: iglesia, abanico, señor mayor, drama.
También influye que los clásicos no te hablan de cosas actuales. O eso creen ellos. Porque tú lees a Jane Austen y ves que básicamente es un reality de gente buscando pareja con mala comunicación emocional. Eso hoy sería un programa en prime time. Lo mejor es cuando dicen: “Es que no me identifico”. Claro. Porque tú no eres un hidalgo loco que lucha contra molinos. Tú eres una persona equilibrada que discute con desconocidos en redes sociales. Nada que ver.
Pero yo tengo fe. Porque cuando uno de estos jóvenes, por accidente, se engancha a un clásico, pasa algo mágico. Descubre que la literatura no necesita batería. Que los personajes no se actualizan, pero te actualizan a ti. Y que, al final, leer a los muertos ilustres es una forma muy elegante de discutir con ellos sin que te bloqueen.
