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Análisis de guión

34) "Sabrina", de Billy Wilder, Samuel A. Taylor y Ernest Lehman

El guion de “Sabrina”, debido a Billy Wilder, Ernest Lehman y Samuel A. Taylor, a partir de la obra de teatro de este último, es un modelo perfecto de comedia romántica sofisticada de asombroso “timing”, no extraña que tentara años después al mismísimo Sydney Pollack para acometer un remake.

Una de las cosas más difíciles en el libreto de una película es, si se me permite el símil ajedrecístico, disponer las piezas sobre el tablero, presentando una determinada situación, que comenzará a discurrir hacia una determinada dirección, con más o menos requiebros, hasta dar el jaque mate de un final redondo.

Colocando las piezas

Pues bien, esto lo logra sobradamente el guion de “Sabrina”, que con unos pocos trazos sabe mostrar a una familia ricachona que vive en una mansión en Long Island, Nueva York, con múltiples empresas e industrias, y que celebra con frecuencia fiestas muy animadas. Todo empieza con una voz en off de la narradora y la consabida frase de cuento “Érase una vez...”. Con una foto de familia conocemos a los Larrabee, un matrimonio madurito con dos hijos en edad de merecer: el guaperas pero frívolo y ligón David, y el más adusto y responsable Linus, quien maneja realmente el día a día de los negocios.

sabrinahijadelchoferEl servicio de la familia ocupa unas viviendas contiguas, las distancias sociales son evidentes. Sabrina Fairchild, la hija del chófer viudo Thomas, está enamorada platónicamente de David, y le contempla desde la distancia, encaramada a un árbol cuando se celebran las fiestas. Ella es invisible para el otro, cuando se cruza con ella le dice “Creía que había alguien”, en efecto, para David ella no es nadie. Él en cambio, provisto de dos copas y una botella de champán, ha citado a su última conquista en la pista de tenis, y dispone que suene una romántica canción para bailar con ella y metérsela en el bote.

Sabrina no es una ingenua, entiende lo que le dice su padre, que David para él es como la luna, inalcanzable. Por ello, y para que supere su mal de amores, ha dispuesto emplear sus ahorros en mandarla a estudiar arte culinario a París. Pero la romántica Sabrina no quiere vivir sin su amor, de modo que la víspera de su partida, tras deslizar una misiva de despedida bajo la puerta de la habitación de su padre, se desliza al garaje donde “duermen” los numerosos coches de los Larrabee, y encerrada ahí y con todos los motores en marcha, pretende suicidarse inhalando el monóxido de carbono que arrojan a la atmósfera. Lo dramático del momento se suaviza con el humor del ruido de los motores en medio del silencio de la noche, el sueño plácido de Thomas que no se inmuta, y el modo en que maniobra se desliza por el suelo esperando el final; aún hay más espacio para la emoción y la sonrisa por la aparición de Linus, atraído por el ruido. El guion juega con la ambigüedad, cuando descubre a la chica ahí, que dice que estaba cumpliendo un encargo de su padre, y el otro la regaña advirtiéndole que corría peligro de asfixiarse. Siguiendo con la invisibilidad, no quiere enterarse de lo que tramaba Sabrina.

En estos primeros compases del guion, quedan bien definidos los caracteres de los tres personajes principales del film, donde contrastan los fuertes sentimientos de Sabrina, y sus deseos de una felicidad ideal, con la alegre y despreocupada superficialidad de David, y la frialdad resolutiva y calculadora de Linus.

París y un compromiso de plástico

La estancia parisina de Sabrina, y lo que entretanto acontece en casa, ejerce a modo de bisagra que nos encamina hacia el segundo acto. La chica estudia cocina, y aunque no parece tener especiales aptitudes para el oficio, su profesor y un “compañero de pupitre”, un barón septuagenario, tienen infinita paciencia con ella, que inspirada por la ciudad del amor, acaba transformándose al modo de Cenicienta en una chica moderna y sofisticada. Como dice el barón, están construyendo cohetes para llegar a la luna, puede que esta no sea tan inalcanzable si ella lograr cierto estilo. Mientras, en casa, su padre y el resto del servicio aguardan con ilusión sus cartas, con la duda siempre de si habrá logrado olvidar a David, que parece que sí, pero no.

sabrinacocinaMientras tanto, Linus ha tramado la jugada perfecta para que su hermano David siente la cabeza. Aprovechando que ha tirado los tejos a Elizabeth Tyson, la hija de un empresario de industrias plásticas, se las arregla para que la prensa dé por hecho su compromiso matrimonial, lo que permitirá a los Larrabee forjar una sólida alianza empresarial. Hay que ser flexibles y robustos como el plástico, parece decir Linus a su hermano, para animarle a aceptar lo que él ha resuelto por su cuenta.

El regreso

Sabrina está recién llegada de su viaje en barco desde Europa. Lleva un vestido y un sombrerito muy chics –a su padre le decía que no la reconocería, tan imbuida está del espíritu de la canción “La vie en rose”– y aguarda en la estación de tren, donde su padre debía recogerla, pero éste se demora. En cambio quien pasa por delante en su descapotable, y frena en seco para dar la vuelta y pararse junto a ella, es David, cuyo radar de chicas guapas la ha detectado. La ha detectado, pero no la ha detectado, pues es incapaz de reconocer a Sabrina en dama tan atractiva y sofisticada. Se ofrece a llevarla a su casa, y pesar de las bromas de ella, y las “coincidencias” de que ambos viven en el mismo barrio, en la misma calle, etcétera, él es incapaz de descubrir a la hija del chófer, hasta que llegan a su propia casa, y los componentes del servicio la cubren de abrazos y besos, incluido al final su propio padre, que no ha podido ir a recogerla finalmente. La sorpresa para él es mayúscula, y el flechazo se ha producido. El libreto está lleno de pequeños detalles divertidos y chispeantes, como el de que David tiene a Sabrina todo el día en la cabeza, y cuando le pregunta por el nombre del chófer dice que es Sabrina, para luego rectificar y dar su apellido, Fairchild.

sabrinaenlaestacionVa a ser a partir de ahora la luna la que intentará llegar a Sabrina, ella simplemente debe dejarse querer. ¿Pero será posible? Su padre quiere que sepa que David está comprometido, y ella explica que ya lo sabe, y que no le preocupa, aún no se ha casado. Tiene ahora una seguridad que desconocíamos en ella.

David la invita a una de las célebres fiestas de los Larrabee, a la que también acude su prometida, Elizabeth. Y la entrada de la hija del chófer es sencillamente espectacular, todas las miradas están fijas en ella. Oliver y Maude Larrabee, los padres de David y Linus, no la reconocen, también ellos tenían puestas unas anteojeras que les impedían fijarse mucho en Sabrina. Pero, ay, ahora, cuando David se lanza a bailar con Sabrina sin demasiado recato, está en juego el futuro de la familia y sus negocios, la boda que tanto había costado planear podría irse al traste. Porque no dejan de darse cuenta que ya está tramando su tradicional encuentro romántico en la cancha de tenis.

Advertido Oliver por Linus y Maude, los dos primeros convocan a David a consejo familiar, el honor del linaje de los Larrabee está en juego, aunque no todos fueran santos, nos asegura el patriarca; y gracias a una argucia del hermano, que se muestra comprensivo, “estamos en el siglo XX”, dice, y logra que el otro se siente apretando fuerte con sus posaderas sobre las copas de cristal que se había metido en los bolsillos. La dolorosa lesión malogra el encuentro romántico, y es Linus el que acude a la cita.

sabrinasillatenisLinus va a encontrar a Sabrina subida al asiento elevado del árbitro de los partidos de tenis, metáfora poderosa sobre el encumbramiento de la joven. Quien como no tiene un pelo de tonta describe la situación del hermano recién llegado como muy parecida a la de una opereta vienesa en que para impedir una boda se envía un emisario para negociar con la parte no deseada su retirada, a cambio de una gratificación. Por supuesto, no anda nada alejada de adivinar lo que pretendía Linus. Pero éste, impresionado por la agudeza de la atractiva chica del chófer, ve cómo empieza a despertarse el cosquilleo de la atracción, tal vez le está gustando Sabrina, esta chica tan especial. Y pueda darle un beso, que queda en familia. Algo ha cambiado desde que la encontrara entre coches en el garaje.

La complicidad del hermano

David ha quedado fuera de combate, con 23 puntos de sutura. Debe quedarse en casa, y su novia le trae entretenimiento. Pero no hay que preocuparse, en lo relativo a su interés por Sabrina, Linus se ocupará de hacer de correveidile y cuidarla, incluso sacándola a navegar, en lo que es una suerte de cita romántica, en que ambos van profundizando en el conocimiento mutuo; ella descubrirá que el otro también tuvo pensamientos lúgubres de quitarse la vida en el pasado, y dará con el hombre sensible y atractivo que se oculta detrás del eficaz hombre de negocios, gris con su maletín y su paraguas. Aunque puede que lo que pretenda es lo que apuntaba la opereta vienesa, deshacerse de Sabrina seduciéndola, para mandarla de vuelta a París, y asegurar que el gran “enlace de plástico” se produce. Lo que parece más que claro por las conversaciones con el padre fumador clandestino de puros a espaldas de su mujer.

sabrinanavegandoDe modo que en este tercer acto tenemos las artimañas de Linus para despejar a Sabrina de la órbita de David, y asegurar la prosperidad de los negocios de los Larrabee. Incluso tiene una conversación con el chófer, que quiere aclararse acerca de sus intenciones con su hija, no quiere que nadie la hiera, él tiene asumido que cada uno ocupa una posición en la vida, en un automóvil, ocupas el asiento delantero o el trasero. De todos modos, todo el tiempo hay un conflicto interior en Linus, que tiene buen fondo y podría admitir su infelicidad, y la luz que podría traer a su vida Sabrina, algo que cada vez vislumbra más, por el encanto angelical de la joven. Él también debería tener una experiencia luminosa como la de Sabrina en París, ella le recomienda ir ahí, apartarse por un tiempo de su existencia cotidiana, y poner orden en sus ideas bajo la atmósfera de la ciudad del amor.

La última noche

Nos encaminamos hacia el final, al clímax. Linus ha comprado dos pasajes a París, para asegurarse de la marcha de Sabrina, a quien pretende engañar haciéndola creer que él también embarcará con ella, en una romántica fuga. Mientras David demuestra ser un perfecto ingenuo, no sospecha ni que su hermano Linus pueda estar enamorándose, ni que, en cualquier caso, quiera alejar a Sabrina. Ve a Linus como el perfecto aburrido, por el que Sabrina no puede mostrar ningún interés. En este juego de múltiples cegueras, tampoco Elizabeth con los planes familiares para el convite de boda, sembrado de gardenias, puede imaginar que su novio está pensando en otra chica; por su parte Sabrina pasaba tiempo con Linus para favorecer a David, sin entender su juego, y los nuevos sentimientos que surgen en ella alimentan la confusión.

sabrinaultimanocheFinalmente, en la noche romántica en que Linus debe engañar a Sabrina, no puede evitar sincerarse y explicarle el plan de opereta. Ella, llena de dignidad, rechaza todas las prebendas, únicamente tomará el pasaje para irse a París, donde seguirá su vida saliendo adelante como una mujer independiente.

Tal lección de categoría, no deja indiferente a Linus, que se siente metafóricamente por los suelos por su bajeza. Al día siguiente, en la reunión del consejo donde se deben firmar los papeles que permitirán el gran negocio del plástico, Linus pretende anunciar la ruptura del compromiso matrimonial de David, para que pueda ir tras Sabrina y casarse con ella. Y lo arregla todo para que vaya al barco a reunirse con la chica a punto de zarpar. Pero repentinamente David tiene un rapto de lucidez por la disposición de sacrificarse de su hermano: ha visto claro que lo que debe hacer es sentar la cabeza, y su boda con Elizabeth permite eso y asegurar la prosperidad familiar. Mientras que, consciente al fin de que Linus quiere a Sabrina, según le confesó cuando hacía las maletas, le invita a ir tras ella, y que confíe en él para dirigir la empresa mientras. Y en efecto, embarcará, y desprendiéndose de su maletín y paraguas, y con el ala del sombrero doblada con estilo, estará listo para intentar encontrar la felicidad con Sabrina.

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