Estamos asistiendo estas semanas, y lo que queda, a un recrudecimiento de la guerra del streaming, que ahora, más ampliamente, podemos llamar “la guerra del cine y las series”. La puesta a la venta de Warner demuestra definitivamente que el audiovisual ya no es lo que era.
Como autor de “La guerra del streaming. El ascenso de Netflix”, muchos son los que han pedido mi opinión sobre el acuerdo de Netflix con Warner para la adquisición del estudio de cine y la plataforma de streaming HBO Max, y la respuesta de Paramount de una OPA hostil a los accionistas, con una oferta mejorada del precio por acción, que cuenta con el respaldo financiero de Larry Ellison, el dueño de Oracle y padre de David Ellison, presidente de Paramount, y que de momento tiene una fecha de vencimiento para el 21 de enero de 2026.
No es fácil entender lo que está ocurriendo en Hollywood. La crisis de creatividad está aupando al cine internacional que no se hace ahí, lo que quedará claro en breve con las esperadas nominaciones a los Oscar. Por otro lado la empresa dueña de uno de los estudios míticos, Warner Bros. Discovery, está a la venta, después de que Paramount, comprada por Skydance, empezara a hacer ofertas por ella. La respuesta de su CEO, David Zaslav fue hacer oficial la venta de la compañía, aunque aquello parecía más bien un paripé, pues Comcast nunca pareció un comprador real, y a Paramount la han toreado todo el tiempo, Netflix era el candidato preferido de Warner desde el principio, y con Ted Sarandos se llegó al deseado acuerdo. Pero tras la OPA y las dudas sobre lo que pensarán las autoridades regulatorias de Estados Unidos, más el ambiente político nunca visto que se está viviendo en el segundo mandato del presidente Donald Trump, puede pasar cualquier cosa.
Aunque la sensación es que, sea Netflix o Paramount el que se lleve el gato Warner al agua, esto no tendrá gran incidencia en el futuro del cine, con una deriva ya fuertemente marcada. La asistencia a salas seguirá en declive, y la falta de ideas, manifestada en la apuesta por secuelas, remakes y franquicias, se mantendrá. De todos modos, voy a subrayar los puntos fuertes y debilidades que tienen los que están pujando por WBD.
Paramount
1) Es un estudio tradicional de Hollywood, que absorbe a otro estudio tradicional de Hollywood, de modo que todo queda en casa, algo parecido a lo ocurrido cuando Walt Disney compró 20th Century Fox, luego rebautizada como 20th Century Studio.
2) Desea comprar la compañía WBD Discovery entera, y no desgajada en dos compañías, lo que hace la operación más sencilla.
3) Paramount estrena un puñado de películas anualmente, menos en los últimos tiempos, en salas de cine, por lo que los defensores de la experiencia compartida en la sala oscura albergan la razonable esperanza de que hará lo mismo con las películas producidas en Warner, con lo que esta ventana de explotación saldría reforzada.
4) Paramount+, la plataforma de streaming de Paramount, a pesar de sus interesantes producciones, no ha conseguido despegar todo lo que quisiera, desde luego nada comparado a los logros de Netflix. Con la suma de HBO Max quedaría su oferta claramente potenciada.
5) La polémica woke en cine y series, donde Disney aún se está arrepintiendo de los jardines en que se metió innecesariamente dañando su imagen “familiar”, ha atizado las guerras culturales, pero el triunfo de Donald Trump ha dado la vuelta a la tortilla. Y muchos consideran que el presidente sintoniza más con los Ellison, también por este motivo.
Netflix
1) Es el comprador que desea WBD, y siempre son mejores los acuerdos amistosos que los que se logran a cara de perro. Da la impresión de que existe una mayor sintonía ideológica en las mencionadas guerras culturales, Netflix nunca se ha visto como una compañía de valores tradicionales o conservadores.
2) Netflix nunca ha apostado por el estreno de sus películas en salas de cine. Lo hace con pocos títulos, para postularse a premios como los Oscar, o como graciosa concesión a los directores de renombre a los que ficha, como Martin Scorsese, David Fincher o Guillermo del Toro. Tan poco creen en el asunto, que ni siquiera dan cifras de recaudación en taquilla. De modo que aunque aseguran que estrenarán como suele hacer Warner sus títulos en cine –qué remedio, hay acuerdos contractuales con las compañías involucradas que obligan a ello–, resulta difícil creer que mimen especialmente este modo de lanzar las películas, más bien se limitarán al cumplimiento, o sea, cumplo y miento, lo justo para cumplir con el expediente.
3) Siempre se ha visto a Netflix como una compañía emprendedora e innovadora, que ha sabido adelantarse a los tiempos. Acertaron en su nacimiento como videoclub online que servía películas por correo postal, y su consolidación como plataforma número uno de streaming, venciendo a los Blockbuster de turno y a las compañías que servían su producto por cable. Y cuando vieron que se les podía cerrar el grifo de películas y series de la competencia, supieron crear contenido propio. Pero se ve poca “innovación” en la compra de una compañía con problemas como Warner, no está claro qué les puede aportar más allá de su potente catálogo. Por eso hay quien piensa que el movimiento de Ted Sarandos no responde a la idea de dar valor a la compañía, sino que hay detrás razones ligadas a la guerra cultural.
4) Es cierto que no se puede innovar eternamente, y Netflix ha acudido en los últimos tiempos a fórmulas que la acercan a la televisión, como los realities, los acontecimientos deportivos o a la suscripción con publicidad. Y siempre me ha suscitado dudas el modelo de financiación basado casi exclusivamente en la cuota mensual de suscripción, mientras gastan cantidades ingentes en producción y compra de producto para alimentar la plataforma, aunque la salida a bolsa fue exitosa y ha ayudado a la capitalización de la compañía. De momento el tinglado aguanta, aunque sigo sosteniendo la comparación de su situación con la “house of cards” que da título a una de sus series más conocidas.
5) Sarandos tiene a favor, a la hora de lograr que las autoridades regulatorias den su placet y no consideren una situación monopolísitica, que Trump es un hombre de negocios, y que al dejar a la CNN fuera de la compra, evita lo que más podía exasperar al impulsivo presidente. Por otro lado parece que al relación personal es buena, o al menos razonable, con lo que en Trump la cuestión de la guerra cultural podría no tener aquí tanto peso, y que al final primen los motivos puramente económicos, que salga adelante lo que sea mejor para los accionistas y la economía estadounidense.
