... y tiro, porque me toca. Hollywood cree haber encontrando un filón en la emergente conciencia ecologista del espectador medio. Pero claro, el
... y tiro, porque me toca. Hollywood cree haber encontrando un filón en la emergente conciencia ecologista del espectador medio. Pero claro, el público parece que empieza a cansarse de tanto pingüino suelto (El viaje del emperador, Happy Feet. Rompiendo el hielo), de modo que ahora dirige su atención, a la hora de animar al cuidado del medio ambiente, a los osos polares. No en vano, este simpático animal ya ha sido estrella de la publicidad de coca cola, nada menos. Y éste es, en efecto, el tema central de Arctic Tale, film dirigido al alimón por el matrimonio de Adam Ravetch y Sarah Robertson. Durante casi 20 años, estos especialistas en documentales sobre la naturaleza para televisión, han registrado en el Círculo Polar Ártico con sus cámaras más de 800 horas de metraje. Y con este material han editado una historia con aires de fábula, narrada por la actriz Queen Latifah, cuyos protagonistas son Nanu, un oso polar y Seela, una morsa. Como cabe imaginar hay imágenes espectaculares, algunas tomadas desde el agua, por debajo de la placa de hielo por la que se desliza Nanu; con un adecuado montaje hay espacio para la emoción, los buenos sentimientos y el humor.
La película está producida por National Geographic Films, que trata de imprimir un nuevo impulso a sus producciones con este título deudor de las clásicas pelis sobre la naturaleza de Disney, y que afirma que fue concebida antes de que títulos como Una verdad incómoda pusieran de moda la ecología en Hollywood. Hay que proteger al oso, dicen los productores, más con el calentamiento global, que afecta al entorno del animal, por el rápido deshielo.
Como ocurrió en su día con El oso de Jean-Jacques Annaud, algunos críticos cuestionan el antropomorfismo de la película, la simulación, que nada tiene que ver con la realidad, de que los animalitos tienen su corazoncito, a semejanza de los humanos. Además, algo por otra parte muy común en los documentales, el montaje tiene mucho de manipulador, en la medida en que se mezclan imágenes tomadas en momentos diversos, y que el espectador puede llegar a creer, falsamente, que han tenido lugar “de una tacada”. En tal sentido más honrado es el magnífico film de Werner Herzog Grizzly Man, que nos contó sin miedo el trágico destino de un documentalista que filmaba osos en Alaska.
