Siempre he defendido el derecho a acometer la realización de nuevas versiones de películas, incluso de aquellas que se autotitulan, seguramente con
Siempre he defendido el derecho a acometer la realización de nuevas versiones de películas, incluso de aquellas que se autotitulan, seguramente con todo derecho, “obras maestras”. Ciertamente en estos casos hay más peligro de darse el batacazo, de que las comparaciones perjudiquen a los nuevos filmes, pero es el riesgo que asumen los que las realizan. Así que, como digo, no entiendo a los que se tiran de los pelos porque Gus Van Sant revisitara en su día Psicosis, o Andrew Davis Crimen perfecto, por citar dos ejemplos hitchcockianos. Por cierto, que el propio mago del suspense hizo remakes de sus filmes, como el conocido caso de El hombre que sabía demasiado.
El tren de las 3:10 es de esas películas que proporcionan la coartada perfecta para acometer un remake a quien lo desee, con independencia de la calidad del original, tan bueno es el resultado final. Porque si ciertamente la versión de Delmer Daves de 1957 de un relato corto de Elmore Leonard es justamente apreciada por los amantes del western, el film de James Mangold se encuentra a su altura medio siglo después, si es que no la supera, al insuflarle mayor complejidad en la definición de los personajes y sus motivaciones.
