El viernes tuve la oportunidad de ver Avatar , la esperadísima película de James Cameron . Tuve la sensación de estar siendo testigo de un hito, una
El viernes tuve la oportunidad de ver Avatar, la esperadísima película de James Cameron. Tuve la sensación de estar siendo testigo de un hito, una primera impresión de lo que puede ser el cine del futuro. No creo que mi experiencia fuera semejante a la de los primeros espectadores del cinematógrafo -que supuestamente salieron corriendo al ver un tren en la pantalla-, y hablar de la introducción del sonoro o el color para compararlo con el avance en fotorrealismo y uso del 3D, sólo me lleva a considerar esa vieja idea de que 'las comparaciones son odiosas'. Pero no exagera ni peca de inmodesto el cineasta cuando afirma a Luis Martínez en el diario El Mundo que “quiero creer que esta película muestra el camino a otros directores en el uso de las tres dimensiones. Ya no es sólo para niños. (...) El 3D es un recurso más para hacer creíble una historia, para convencer al público de que lo que ve es cierto. Eso es la esencia del arte.”
Sí puedo decir que contemplé algo que no había visto nunca, y que me pareció único. Y puestos a mencionar alguna experiencia personal, podría decir que me retrotraje al momento en que vi y gocé La guerra de las galaxias: Una nueva esperanza. De hecho no puedo dejar de decir -mis seguidores me confirmarán o corregirán- que la batalla final de Avatar parece la otra cara del famoso ataque de los rebeldes a la Estrella de la Muerte. El cine de entretenimiento ha empezado a hollar nuevas sendas, que seguramente también estarán a disposición de directores más sesudos que Cameron, las posibilidades creativas pueden ser inmensas... aunque eso sí, no al alcance, al menos de momento, de los bolsillos de todas las productoras.
