Si uno mira a su alrededor, existen grandes posibilidades de que los objetos a su alcance estén hechos en China: la ropa, el reloj, el móvil, el
Si uno mira a su alrededor, existen grandes posibilidades de que los objetos a su alcance estén hechos en China: la ropa, el reloj, el móvil, el ordenador, las chancletas, el traje de baño, las bombillas... Sí, hasta esos vaqueros tan guay, genuinamente americanos, ocultan en algún lugar una etiqueta donde se reconoce con disimulo “made in China”.
Esto mismo le pasa a The Karate Kid, remake de Karate Kid, donde a pesar las artes marciales y la filosofía oriental a lo “pequeño saltamontes”, asistimos a la típica película deportiva de típico corte americano, el “rollito” de superación personal, mentor que echa un cable, y rivales que al final muestra cierta deportividad. Es necesario subrayar que el pequeño gran Jaden Smith lo hace muy bien en el film, este vástago de Will Smith tiene madera de estrella. Y que Jackie Chan puede ponerse serio si se empeña, dejar a un lado sus muecas de graciosete, y hasta echar alguna que otra lagrimita, en un papel, por fin, dramático (aunque también tiene tiempo para dar patadas y tal, faltaría más).
Pero a lo que iba, lo que más me ha llamado la atención de The Karate Kid es que parece una película realizada en colaboración con la Oficina de Turismo de China. Edificios modernos y antiguos, la ciudad prohibida, la ciudad olímpica, el teatro de sombras chinescas, valles, montañas, la gran muralla, sabiduría milenaria... Con ocasión o sin ella -la excursión a la ciudad prohibida está un poquito metida de clavo, ¿no?-, la película no deja de cantar las maravillas culturales chinas, y por supuesto no asoma ni una sombra acerca del peculiar régimen comunista vigente. A mí, desde luego, después de ver la 'peli' me han entrado unas ganas tremendas de visitar ese gran país, pero me parece que se les ve un poco el plumero, se nota que en la producción de Sony ha participado la compañía estatal China Film Group.
