“Su muerte ha llegado demasiado pronto, antes de que pudiese abrazarla tiernamente y pedirle perdón al menos una vez. Maria [Schneider] me acusó de
“Su muerte ha llegado demasiado pronto, antes de que pudiese abrazarla tiernamente y pedirle perdón al menos una vez. Maria [Schneider] me acusó de haberle robado su juventud y sólo ahora me pregunto si no había algo de verdad en eso.” Son palabras de Bernardo Bertolucci, tras la muerte de Maria Schneider, actriz a la que dirigió junto a Marlon Brando en la película mundialmente célebre por su tórrido sexo El último tango en París. Ya hacía años que Schneider había proclamado a los cuatro vientos el daño que le había hecho ese film, personal y profesionalmente. Yo mismo, en este blog, recogí hace un par de años comentarios de la actriz al respecto, en una entrevista.
Pero ahora es el propio Bertolucci quien duda acerca del film, y de su responsabilidad para con una actriz al límite, que durante muchos años anduvo dando tumbos en el borde del precipicio; en efecto, pedir perdón tiene efectos balsámicos, y cuando uno lo hace o siente necesidad de hacerlo, es porque algún sentido de culpa se asoma, digo yo. Y es que a estas alturas de la 'película', con tanta pedofilia y tanta 'gaita' suelta por ahí, los lodos traídos por aquellos barros del 68. La revolución sexual y su legado ya no son defendidos tan a machamartillo como antaño, pocos se atreven a sostener eso de que 'en el amor y el sexo vale todo', y que hay que dejarse llevar.
Aunque, ya se sabe, siempre hay quien es más papista que el papa, y hoy se despacha Quim Monzó un artículo en el diario La Vanguardia absolviendo de culpa a Bertolucci, y diciendo que Brando y Schneider debían saber lo que hacían, y que ella era como actriz “más bien floja” y por eso no aprovechó la gran 'oportunidad'; menos que al final le desea que “descanse en paz”, porque desde luego...
