Ha despertado entusiasmos, de crítica y público, la última película del pequeño gran Woody Allen . Me gustaría dar aquí vueltas a una de las
Ha despertado entusiasmos, de crítica y público, la última película del pequeño gran Woody Allen. Me gustaría dar aquí vueltas a una de las advertencias que propone la peli Midnight in Paris, dirigida a aquellos que añoran tiempos pasados supuestamente mejores.
Por un lado, me encanta la honradez de Woody Allen. Porque resulta obvio que él es uno de los nostálgicos de otras épocas, amante del jazz, de un cine de autor que pasa por Ingmar Bergman y Michelangelo Antonioni, y en cuyas películas no recuerdo ahora mismo que salga nunca un ordenador personal, alguien tuiteando con su iPhone, u otras lindezas tecnológicas que ha traído consigo el progreso. Si me apuran, no lo veo hablar de células madre, o de energías renovables, o del calentamiento global. Tal vez haya por ahí algún chiste suelto, pero no se trata obviamente de sus temas. Y dicho todo esto, no se puede decir que Allen sea un hombre desligado de las grandes cuestiones del hombre contemporáneo, no hay más que recordar que los atentados del 11-S le empujaron a participar por primera vez en una ceremonia de los Oscar, aunque fuera vía satélite.
Pero en realidad, seamos claros, no hay “grandes cuestiones del hombre contemporáneo”, sino “grandes cuestiones” a secas. Y de esas cuestiones, Allen da cuenta en Midnight in Paris del eterno amor que todos buscamos, y del deseo de llenar nuestras vidas aportando algo a los demás, en el caso del artista su obra de arte.
Cuando uno se empeña en creer que los años 20, o el Renacimiento, o los tiempos que sean, fueron una época idílica, se trata de pura ceguera, una abstracción que cierra los ojos a los males presentes en cualquier época, y se queda sólo con lo bueno, ciertas aportaciones culturales, un estilo de vida del que nos hubiera gustado participar, pero que sin duda encerraba también defectos... No, es absurdo pensar que cualquier tiempo pasado fue mejor, y Allen se lo dice a sí mismo en primer lugar, y luego a los espectadores. Que no deberían quedarse encerrados para siempre en la habitación de sus particulares y quizá estrechos gustos (tronchante el gag de Viridiana, gracias, Woody).
No hagamos como aquel amigo que decía que después de los años 40, 50, 70 (cada uno escoja), se había dejado de hacer buen cine en el mundo, una generalización peligrosa, estúpida, y sobre todo, falsa (también lo es la de quien sólo está dispuesto a ver pelis del último año, todo lo demás le parece antiguo y rancio, ¿eh?). Es bueno saber vivir el propio tiempo, reconocer lo positivo, que algo habrá, y tener ilusión con el futuro. Aunque sin caer tampoco en el idiota buenismo del “progre”, que cree (ciegamente, “again”), que lo que se hará mañana es mejor que lo que se ha hecho hoy, por obra y gracia del progreso, simplemente porque... ¡ha pasado más tiempo, y se supone que el hombre ha mejorado por ello! La historia nos ha demostrado que el hombre avanza y retrocede, hay regresiones, se mejora pero se empeora… Es la naturaleza humana, la libertad, que puede usarse bien o mal... pero muchos se empeñan en no verlo. Así nos luce el pelo.
