Steven Spielberg es un genio, como cineasta y hombre de marketing. Acaba de presentar en París su película Las aventuras de Tintín: El secreto del
Steven Spielberg es un genio, como cineasta y hombre de marketing. Acaba de presentar en París su película Las aventuras de Tintín: El secreto del Unicornio y preciso es reconocer que el hombre no da puntada sin hilo. Poniéndose la venda en la herida antes de que ésta pueda llegar a producirse, Spielberg ha pronunciado muchas palabras que parecen directamente dirigidas a los amantes del cómic original, como tratando de aclarar que el 3D de su película nunca podrá ser como las viñetas de Hergé. Así, afirma con astucia que “el mayor reto ha sido el guión: quería trasladar a la gran pantalla todas esas aventuras que tanto han emocionado a generaciones enteras”. O sea, nos dice que los tintinófilos, entre los que yo me cuento, lo que debemos juzgar es si su film ha respetado al espíritu del cómic del maestro Georges Rémi.
Recuerdo que Spielberg se hizo con los derechos cinematográficos de Tintín en los años de El color púrpura, y según explica fue poco después de que alguien comparara a su Indiana Jones con el popular periodista del flequillo. Le pasaron los álbumes originales en francés, y aunque no entendía ni jota, quedó seducido por las viñetas. A modo de leyenda se dice que Hergé dio su bendición antes de morir a Spielberg, como el único que podía llevar al cine la magia de Tintín.
No quiero restar méritos a Spielberg y su condición de “elegido”, pero la realidad es que una cosa es el cómic y otra muy distinta las películas y los dibujos animados. Hergé no quiso que nadie distinto de él hiciera álbumes de Tintín, y de hecho el último, “Tintín y el arte alfa”, quedó inacabado, únicamente se publicaron los bocetos de las planchas de esa aventura; nadie debía darle el toque final ni publicar nuevas aventuras de Tintín en el futuro. En lo referente al cine pienso que no fue tan exigente, porque él mismo vio la dificultad de la empresa, y porque sabía que el cómic y el cine eran medios de expresión artística muy diferente, y el segundo no era el suyo.
Hergé apadrinó dos películas con actores, El secreto del toisón de oro y Tintín y el misterio de las naranjas azules, que no eran grandes maravillas. Más tarde lo intentó con un largometraje de animación, Tintín y el lago de los tiburones, una historia creada directamente para el cine, igual que las otras dos citadas, quizá más lograda, pero muy distante de la perfección. Luego ha habido episodios televisivos basados en los álbumes originales, simpáticos y respetuosos con sus tramas, y que básicamente animaban los dibujos tipo Hergé, pero el resultado, al ser animación y no viñetas en papel, no acababa de convencer. Todo aquello no era una muestra del cómic de línea clara del que Tintín han dado tantas obras maestras, y no podría serlo nunca. Ahora están a punto de llegar al cine Los pitufos, un cómic de Peyo menos mitificado pero muy popular en Europa, y tenemos tres cuartos de lo mismo.
Así las cosas, mejor confiar en Spielberg y Peter Jackson que en cualquier desgarramantas, aunque falta saber si un director estadounidense y otro neozelandés captarán bien las irrepetibles intenciones aventureras y de situación que guiaron al belga Hergé, ya que el efecto de sus viñetas -algo que evidencian los trailers difundidos hasta la fecha, con sus muñecotes tridimensionales- resulta imposible. La respuesta, en breve.
