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Spielberg y el Unicornio: un Tintín entre muchos posibles

Bueno. Ya está. Visto. El Tintín de Steven Spielberg. No me ha apasionado. En descargo del cineasta debe decir que no creo que pueda hacerse una

Spielberg y el Unicornio: un Tintín entre muchos posibles

Bueno. Ya está. Visto. El Tintín de Steven Spielberg. No me ha apasionado. En descargo del cineasta debe decir que no creo que pueda hacerse una película que me produzca la misma inefable satisfacción que el cómic de Hergé. Ce n’est pas possible. Dicho esto, añadiré también que Spielberg se ha esforzado, y que no pongo en duda el cariño con que ha abordado tan difícil empresa.

Cuando veía la película me venía a la cabeza el “Especial Hergé” que publicó la revista Cairo con motivo del fallecimiento del creador de Tintín en 1983. Como es sabido, Hergé no quiso que ningún otro dibujante tomara el relevo a la hora de crear nuevas aventuras del personaje de papel. Por la sencilla razón de que harían "otra cosa", otro Tintín. De hecho, dejó inacabado “Tintín y el Arte Alfa”, su estudio no lo terminó. De algún modo Tintín y compañeros murieron con su creador. No obstante, en el mentado Especial, compañeros suyos de la viñeta le rindieron homenaje creando páginas por donde deambulaba el periodista del mechón rebelde, recreado con su personal mirada. Bob de Moor, Jacques Martin y otros no pretendían dar continuidad a Tintín, o reinventarlo, sino descubrirse el sombrero ante los grandes logros de Hergé, incluso “pedaleando” con cuestiones que debaten los tintinófilos, como la pureza virginal de Tintín, nunca se le vio coquetear con una chica.

De algún modo pienso que lo que ha hecho Steven Spielberg con Las aventuras de Tintín: El secreto del Unicornio es justamente eso: ofrecer su mirada. Mirada que conecta especialmente con el carácter aventurero de la obra de Hergé. Mirada fiel, aunque con alguna transgresión más o menos menor según quien lo mire. Los puristas pueden sufrir viendo que Tintín se presenta como periodista, y alude varias veces a sus reportajes –su búsqueda del Unicornio estaría motivada por esta razón–, cuando es bien sabido que a nuestro querido personaje, a pesar de ser reportero, y a excepción de sus primerísimas aventuras con los soviets y en el Congo, nunca se le ve haciendo reportaje alguno. Y una broma insinuante y velada en labios del capitán Haddock acerca de un granuja –“era pastor, pero le encerraron, le gustaban demasiado los animales”– resulta impensable en un álbum de Hergé.

Al menos, a Haddock le sigue gustando el alcohol, y se pimpla sus buenas botellas de whisky. Se me revuelven las tripas cuando pienso en el vaquero Lucky Luke, al que le quitaron su sempiterno pitillo en los labios para reemplazarlo por una espiga, y no dar así mal ejemplo. Un fanático de lo políticamente correcto habría arrebatado enseguida la botella de los labios de Haddock, y le habrían convertido, no sé, en un adicto al zumo de zarzaparrilla.

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