A cada día que pasa las criaturas digitales que permiten crear las cada vez más sofisticadas herramientas informáticas son
A cada día que pasa las criaturas digitales que permiten crear las cada vez más sofisticadas herramientas informáticas son mejores que ayer, y seguramente peores que mañana. Los animatronics y los “bichos” movidos fotograma a fotograma son casi cosa del pasado, y uno de los más entusiastas al respecto es el ínclito George Lucas, que incluso rehizo la trilogía galáctica original para colocarnos a un Yoda digital en algunas escenas, para escándalo de los puristas. El caso es que títulos tan recientes como John Carter e Ira de titanes presentan en sus imágenes algunas bestias fantásticas de un realismo asombroso. Y sin embargo...
Y sin embargo ni una ni otra película me seducen demasiado. Para hablar de dioses e inmortalidad, debo decir que paradójicamente Ira de titanes tiene poca “alma”, mucha pirotecnia, y pocos personajes con los que pueda identicarse el espectador, o al menos quien escribe estas líneas. Mayor paradoja aún encierra el caso John Carter, porque la dirige Andrew Stanton, que procede del cine de animación; pues el significado literal de “cine animado” sería aquel al que su creador, a partir de la materia, le concede un “ánima” o “alma”, de modo que las imágenes cinematográficas dibujadas cobrarían vida. Y Stanton lo consiguió con joyas inolvidables como Buscando a Nemo, pero fracasa con las aventuras marcianas de John Carter, decididamente “desangeladas”, si se me permite la expresión.
El cine comercial no tiene por qué ser “desanimado”, y sigo jugando con las palabras. Lo que pasa es que el excesivo cálculo mata la creatividad, y a veces hay que arriesgar, no sólo a golpe de talonario, y tener olfato acerca de lo que los espíritus necesitan en un momento dado, de qué hay “hambre”.
Y los responsables de Los juegos del hambre lo han descubierto, de modo que su film es en estos momentos la luz que brilla dentro de la pirotecnia que domina la taquilla, aunque a algunos cegatos les pese, y en plan mojigato hablan de violencia con jovencitos y otras fruslerías. Vale, es cine que se basa en una trilogía de best-sellers, ha habido una estudiada campaña de marketing, y bla, bla, bla. Pero dentro de un terreno de constantes compartidas con los otros dos títulos citados, pienso que Los juegos del hambre ha sabido conectar con cierta sospecha que habita dentro de muchas “almas” sin que ellas lo sepan, de que tanta mediocridad, grisura, rebañismo, adocenamiento, satisfacción de los bajos instintos, etcétera, no pueden resumir las aspiraciones y posibilidades del ser humano, que debe haber algo más, algún ideal, por el que vale la pena luchar, aunque uno –o una en este caso, Katniss– tenga miedo, experimente la soledad, se sepa poca cosa frente al poderoso e implacable sistema. Sí, se produce una conexión con lo mejor de un movimiento, los famosos “indignados”, que pensaba que había que había que cambiar las cosas aunque no sabían cómo, y que
