Acabo de ver Lo imposible , potente película de Juan Antonio Bayona que transcurre en el contexto del devastador tsunami asiático de
Acabo de ver Lo imposible, potente película de Juan Antonio Bayona que transcurre en el contexto del devastador tsunami asiático de 2004. Forma parte de la sección oficial del Festival de San Sebastián, pero no compite. ¿Por qué? Muy fácil. Porque comete el terrible pecado de ser comprensible para cualquier tipo de público, se trata de una superproducción y sin duda tendrá un grandísima y merecida carrera comercial. No hay raros tipos taciturnos ni largos planos interminables del papel pintado estropeado de una pared que, ya se sabe, es lo que se estila en un Festival. Se trata del mismo caso que Argo, también en sección oficial pero no a concurso.
En mi presentación en Twitter tengo escrito algo que suena a obviedad, pero que declaro porque pienso que no todo el mundo lo tiene tan claro: “Me gusta el buen cine. El malo, no.” En efecto, me puede encantar una película de tiros y explosiones, o una iraní sin música y tempo tranquilo. La clave es que tengan algo que las convierte en perdurables, de interés. Por eso me cuesta tanto entender la mentalidad festivalera que niega a buenas películas la posibilidad de ganar un premio otorgado por un jurado. Y tengo la sensación de que esto ocurre en una doble dirección.
Por un lado, los organizadores de un festival piensan que han de dar cancha a tramas originales y nuevas formas de contar historias, concediendo visibilidad a cinematografías que de otro modo serían completamente ignoradas. Loable objetivo, pero que puede terminar concediendo espacio a pestiños pretenciosos, e incluso otorgarles inmerecidos galardones. Lo diferente, novedoso o transgresor no es necesariamente bueno por el hecho de serlo; hace falto algo más. Pienso que el comité de selección de un festival debería ser lo bastante valiente para rechazar en la competición títulos raritos de dudoso interés, y la otra cara de la moneda, aceptar filmes hechos incluso dentro del cauce de los estudios, si verdaderamente son valiosos, cine con mayúsculas.
Porque, como ocurre lo que acabo de comentar, también existe el efecto reverso, que consistiría en que la gente del “establishment” no se arriesga a poner una de sus película en una sección competitiva, porque corre el peligro... ¡de no ganar!, lo que lastraría la indispensable carrera comercial, nadie quiere ser recordado como el que acudió a Venecia, o a San Sebastián, o a Cannes, y no ganó ni un mísero premio de consolación, es más, hasta un grupito de puristas vapuleó tu película sin contemplaciones.
Así que, misión imposible, incluso para Tom Cruise, la de lograr que un título como Lo imposible concurse en un gran festival, no puede ser seleccionado ni en el hipotético de que lo fuera, ganar. Son las ironías de hacer cine para el gran público.
