Cuando el pasado domingo tenía en mis manos el suplemento dominical de muchos diarios de España, XL Semanal, me topé con una
Cuando el pasado domingo tenía en mis manos el suplemento dominical de muchos diarios de España, XL Semanal, me topé con una portada donde aparecía una imagen de su articulista de referencia y un llamativo titular: Arturo Pérez-Reverte habla de sexo. “¡Vaya!”, pensé, “también él”. De modo que a la hora de titular este post, tentado he estado de encabezarlo con un “Hildy Johnson habla de sexo”. Pero al final me he contenido, ya veis.
¿Se trata de una sensación, o de una realidad como un piano, lo que creo detectar en nuestro humus cultural? Lo diré en romano paladín: me parece que en esta sociedad nuestra se considera que quien no mantiene relaciones sexuales es un pobrecito desgraciado anormal, que merece nuestra compasión y que le ayudemos a poner remedio a su problema, seguro que se trata de un reprimido o un tarado. Tal idea, quizá no expresada tan radicalmente, se colige sin grandes esfuerzos de dos películas que en las próximas semanas llegarán a los cines, Las sesiones y De óxido y hueso. La primera se basa en hechos reales, la segunda no, pero ambas comparten el planteamiento de que el gran mal que arrastran sus respectivos discapacitados protagonistas no reside en estar atado a un pulmón de acero –primer caso– o haberte quedado sin piernas –segundo caso– sino en la terrible perspectiva de decir adiós al sexo, o, peor aún, no poder decirle nunca, ni siquiera una vez, hola.
Escapa a la pretensión y las posibilidades de estas escuetas líneas dar una visión antropológica completa a la cuestión de la sexualidad, realidad que forma parte del ser humano, y que alcanza su verdadera perfección en un contexto amoroso y de entrega mutua y total de los implicados. Pero me resulta chocante el caso de Mark O'Brien en Las sesiones, joven supersimpático y buena persona, que, al menos tal y como se nos presenta en el film, a los 38 años descubre que su vida será incompleta si no llega a amar con cuerpo y alma a una mujer.
Tarde se le abrieron los ojos, es lo primero que se me ocurre; y el camino para “ejercitarse”, que una “suplente profesional” le enseñe a “hacer el amor”, no deja de ser, en el mejor de los casos, terriblemente limitado, un penoso y contradictorio camino de aprendizaje; porque como Mark quiere desarrollarse también afectivamente, no puede evitar enamorarse de la suplente, que por cierto es una mujer casada. Lo que complica bastante las cosas, más aún en el contexto de que Mark es católico y lo que está haciendo no parece encajar demasiado con la moral sexual cristiana. Por mucho que un “comprensivo” cura ejerza de convidado de piedra ante sus avances, pues el clérigo al que da vida William H. Macy con unos pelos que ríete de Javier Bardem en Skyfall, se limita a escuchar a su feligrés y poco más, consejos y orientaciones más bien pocos.
Es curioso, pero la opción de aceptar con buena cara las limitaciones y ya está –Mark tampoco podrá jugar muchos partidos de fútbol americano, o tirarse en parapente– no se contempla cuando se trata de tener relaciones sexuales. Esta práctica parece algo irrenunciable.
En la película de Jacques Audiard De óxido y hueso, el personaje de Ali, aspirante a boxeador y padre de un niño, es deudor también de cierta mentalidad dominante que expresa muy bien su compañero portero de discoteca, que le aconseja ser simpático con las clientes a la entrada, para poder beneficiárselas a la salida, cuando se encuentran algo bebidas. Ayuda Ali, sí, a Stéphanie, tras un altercado, y la lleva a casa, pero quizá pensando que tendrá su “recompensa”.
Cuando Stéphanie sufre el accidente que le deja sin piernas, ella atraviesa un estado anímico complejo, donde está presente la depresión. También añora el sexo, ¿cómo seguir adelante sin él?, y aunque Ali ha sido tremendamente amable y servicial a la hora de dedicarle tiempo, en esos momentos de bajón, sorprende su ofrecimiento a “follar”, dice, para ver si sigue “operativa” (él casi siempre lo está, y tal calificativo usa para referirse a su disposición a mantener relaciones con quien se le ponga por delante, de igual manera que entrenaría para un combate o tomaría un complejo vitamínico).
Dentro de las limitaciones de concepción antropológica del film de Audiard, creo que su “foto” es más completa que en Las sesiones, porque domina de fondo la idea de que las acciones tienen consecuencias, no se puede ir Ali con una desconocida dejando a Stéphanie tirada en una discoteca –en definitiva, acostarse con cualquiera–, o aceptar un trabajo sin plantearse sus repercusiones morales, esas cámaras indiscretas que dejarán sin ocupación a la hermana del boxeador.
