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Blog de Hildy

Amor y letras: a los vampiros de Crepúsculo y Amanecer les gusta Shakespeare

Ser o no ser amante de la saga crepusculera, he ahí el dilema que muchos críticos, sesudos o no tan sesudos, se despachan con una frase

Ser o no ser amante de la saga crepusculera, he ahí el dilema que muchos críticos, sesudos o no tan sesudos, se despachan con una frase del tipo “basura vomitiva, punto”. Ayer jueves vi la película Amor y letras, dirigida, escrita y protagonizada por Josh Radnor, citada en mi anterior post. Allí el protagonista, Jesse Fisher, amante perdido de la literatura, encuentra el alma gemela de la jovencita Zibby, que le descubre la música clásica. El amor entre ambos parecería el camino natural si no fuera porque 16 años les distancian, la diferencia de edad se diría insalvable.

La conexión Jesse-Zibby pasa por una crisis cuando el primero descubre en la habitación estudiantil de ella un best-seller vampírico, que se titula algo así como “Luna lunar”. Al parecer este grueso libro de 1.100 páginas sería el primer volumen de una trilogía donde atisbé a ver que la segunda parte llevaba el sugerente título de “Sol solar”. Jesse adopta enseguida aires de superioridad ante tal “basura”, mostrando incredulidad, le resulta imposible creer que Zibby, tan sensible, pueda leer semejante tontería. Ella le dice que es entretenido y que el otro no puede opinar, ya que no ha leído los libros, habla por hablar. Jesse recoge el guante del implícito desafío y se aplica a la lectura de la trilogía vampírica, aunque lo hace con aire vergonzante, e incluso oculta los libros entre las páginas de una revista de aire más respetable. Cuando concluye su lectura y aborda el tema con Zibby declara con rotundidad que “es lo peor que he leído en lengua inglesa”, lo que está a punto de dar al traste con una relación muy especial.

El guiño a la trilogía vampírica de Stephenie Meyer de esta pequeña subtrama resulta evidente, pero por si quedara alguna duda resulta que la actriz que interpreta a una librera que no quita el ojo a Jesse cuando entra a su establecimiento se llama Elizabeth Reaser, que en la saga fílmica crepusculera da vida a Esme Cullen, una importante vampira, o vampiresa, que no estoy seguro de cómo se dice. Y puestos a forzar la cosa, aunque no demasiado, creo, el amor entre una humana, Bella, y un vampiro, Edward, resultan todavía más complicado que el de Zibby y Jesse, digo yo.

El caso es que Amor y letras acaba concediendo cierto espacio existencial a “lo peor que he leído en lengua inglesa”, y Radnor lo hace de un modo muy inteligente, a través del personaje de Dean, un estudiante al que le encantan los mismos libros que a Jesse, pero con tendencias depresivas que le hacen pensar en el suicidio. El mentor Jesse acaba recomendándole que deje de leer a determinado autor, que se quitó la vida, por muy bueno que sea, y que se pase a los best-sellers vampíricos una temporada, podrían ser una buena distracción en su actual encrucijada. En contrapartida, regalará a Zibby un buen libro vampírico, el “Drácula” de Bram Stoker.

La moraleja parece clara, como dice el Eclesiastés -citado, por cierto, al arrancar Amor y letras-, “hay un tiempo para cada cosa”, y no siempre hay que estar leyendo libros eruditos que son buenos aunque no te gusten o viendo cine de autor. Hay obras de evasión perfectamente legítimas y más o menos dignas, que nos descansan y ayudan a aparcar por un rato problemas y angustias.

Y llegamos a hoy viernes, día en que he visto Amanecer (Parte 2), y me asaltan sentimientos contrapuestos. No es William Shakespeare exactamente: aunque Bella lea tres líneas de “El mercader de Venecia”, que encierran una advertencia para ella, me parece que hay bastante más del bardo inglés en César debe morir, película de los hermanos Taviani que se estrena el viernes que viene. Aunque puestos a citar referencias “autorales”, comparte con Post Tenebras Lux del mexicano Carlos Reygadas aquello de “rodarán cabezas”, quien pueda entender, que entienda.

La cosa empieza muy, muy cursi, Taylor Lautner muestra pecho lobo, etc, etc, pero mira, es entretenida, y el público que había en la sala, mayormente jovencitas adolescentes, pienso que se lo ha pasado en grande. Diversión legítima, más valiosa a mi entender que la que ofrecía cierta fiesta de Halloween de infausta memoria, que segó la vida de cuatro chicas de esa edad. Sí, prefiero ver a las jovencitas vibrar con Amanecer (Parte 2), en los cines Conde Duque de la madrileña calle Santa Engracia, que sumergidas en el evento del Madrid Arena o en otras fiestas cortadas por el mismo nefasto patrón. Y ello aunque no hubiera acontecido tan terrible desgracia.

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