A veces me llama poderosamente la atención lo difícil que es manifestar las propias creencias religiosas en la vida pública. De
A veces me llama poderosamente la atención lo difícil que es manifestar las propias creencias religiosas en la vida pública. De modo llamativo en Europa, se supone que deben relegarse a la esfera privada, otra cosa sería un intolerable exhibicionismo, tratar de imponerlas a los demás o algo así. Incluso en tragedias como el reciente accidente ferroviario de Santiago parece que las referencias a Dios sólo pueden tener el contexto de los funerales, e incluso sobre estos hay quien critica que uno oficial pueda ser católico, pues esto atentaría contra la aconfesionalidad del Estado.
Esto ocurre también en las películas, donde la ausencia de Dios es muchas veces llamativa. Lo he notado recientemente viendo 50/50, una película protagonizada por Joseph Gordon-Levitt, en la que da vida a un joven al que diagnostican un rarísimo cáncer, donde sus probabilidades de sobrevivir o palmarla están repartidas en un “fifty-fity”. Jonathan Levine –que hace poco ha dirigido la exitosa Memorias de un zombie adolescente– muestra con cierto tino algunas de las reacciones que pueden darse ante una enfermedad tal: el amigo que le invita a correrse una juerga, la novia melindrosa que no se atreve a cortar para no hacerle daño aunque a la vez le engaña con otro, la madre sobreprotectora, los experimentados compañeros de “quimio” que dan sabios consejos... Ante la posibilidad real de la muerte quizá lo que más llama la atención es la completa ausencia de planteamientos tipo “cuál es el sentido de mi vida” o “vamos a rezar a ver si me curo” o “Dios, ¿cómo me has podido hacer esto? ¡Paso de ti!”. No, la cuestión trascendente es completamente soslayada, no existe, y punto.
Pero es que incluso una película como Expediente Warren (The Conjuring) no logra captar con naturalidad la fe del matrimonio protagonista, o la realidad de la Iglesia. Se supone que la cinta se basa en un caso real de actuación diabólica en el seno de la familia Perron, y que Ed y Lorraine Warren son expertos demonólogos y devotos cristianos, que cuentan con la confianza de la jerarquía católica en sus investigaciones, aunque ellos no están autorizados a practicar exorcismos, lo que se reservaría a sacerdotes a los que se les encomienda tal oficio.
Sea como fuere, y más allá de la indudable eficacia de James Wan para provocar terror con su cinta, no logro creerme a los Warren; y eso que no dudo ni por un momento del respeto hacia la Iglesia y la fe con que está hecha la película. Pero en fin, dudo que el creador de Saw crea en lo que cuenta, ni que comparta la fe de los Warren (o al menos, lo disimula bastante bien). No tiene por qué, la fe es un don, creo, pero hay que tratar de reflejar las cosas del mejor modo posible, y creo que patina un poco.
A ver si logro explicarme. Veo a Ed y Lorraine como una especie de eficaces cazafantasmas. Pero nunca les veo rezar. Pueden ir cargados de crucifijos y agua bendita para ahuyentar al demonio, o tener la mano envuelta en un rosario, pero echo en falta el simple gesto de elevar la mirada al cielo, acudir a comulgar, o plantarse ante una imagen de la Virgen para recitar una oración. Nos dicen que las hijas de los Perron no están bautizadas, y que esto puede ser un inconveniente, pero vamos, tal como lo comentan, es como si dijeran “lástima que no hay por aquí wi-fi para conectarse a internet”. Y Ed leerá las formulas en latín del ritual exorcista, porque el cura no va a llegar a tiempo (avisarle parece un “trámite” como el de pedir el alta en el ADSL), ni ha contestado todavía el Vaticano para el permiso correspondiente (la “burrocracia”, ya se sabe), pero como quien sigue el manual de instrucciones para poner en marcha un electrodoméstico.
Dice el dicho que “De donde no hay, no se puede sacar”, y tal vez sea éste el caso. Pero yendo a un clásico como El exorcista, pienso que en ese film William Friedkin sí lograba hacernos creíbles las actitudes de los dos sacerdotes principalmente implicados.
En las películas suele haber asesores para todo, que se aseguran de que tal objeto existía en la época de los vikingos, o de que tal palabra se usaba en el siglo XIX. No estaría mal que alguien se asegurara de que un supuesto ferviente católico (o budista, que para el caso, es lo mismo) se comporta como tal, y no como un autómata, o peor aún, un fanático.
