El sueño de José Antonio Dorado siempre había sido rodar un largometraje. Llevaba años tratando de sacar adelante un proyecto que le tocaba muy de cerca. Su opera prima ha sido un gran éxito en Colombia, donde ha desatado los elogios de la crítica.
Es usted profesor universitario de comunicación. ¿Cómo pasar de la teoría a la práctica y dirige un largometraje?
Mientras desempeñaba mi oficio de profesor a principios de los 90, empecé a ejercer como montador y documentalista. Daba cursos de historia del cine, estética, análisis de géneros y otras cosas. El trabajo con mis estudiantes me sirve para refrescarme y enterarme de qué les interesa. Para mí, todo es parte del mismo camino.
Una vez se puso en marcha para rodar un film sobre el narcotráfico, ¿estuvo documentándose mucho tiempo?
Empecé en 1996, cuando el célebre Cártel de Cali estaba cayendo. Quería comprender cómo el narcotráfico había afectado a la sociedad colombiana, incluso en palabras nuevas del lenguaje cotidiano. Todo el dinero que había entrado en el país había producido un impacto increíble. Me llamaron la atención los orígenes del narcotráfico, y vi que algunos de los personajes de entonces eran fascinantes. Pedro Rey se basaba en ‘El Grillo’, aunque no es fácil comprobar que fuera exactamente el primer gran capo. Quizás es un mito. Son sucesos marginales, no se puede comprobar quién traficó primero con drogas, como quien investiga quién hizo primero la fotografía. Sí que fue el primer gran capo, el primero en ser una leyenda popular. Lo más significativo fue su entierro, al que acudieron más de cinco mil personas. Me resultó curioso que fundaron su banda y se llamaran a sí mismos “Robos y atracos, Sociedad Anónima”. Me fascinó que con la ayuda de un estadounidense, empezaron a introducir drogas en Estados Unidos. Indagué en la crónica judicial de la época y enmarqué el relato en la típica trama de mafiosos. Lo difícil fue sacrificar parte de la información, para no rodar una película de duración excesiva.
¿Cómo fue esa selección?
Quedaron muchísimos datos en el tintero. No quería hacer un documental, sino poner esa historia al servicio de un drama. Tenía claro lo que quería contar: que la ambición desmedida destruye. Todas las secuencias indagan en esa idea. Para mí era como un Macbeth crioyo, tan universal como un drama de Shakespeare. Lo interesante era retratar seres humanos de carne y hueso que acaban corrompiéndose y cometiendo actos malvados. En ciertos contextos, los seres humanos son capaces de tomar decisiones brutales, erróneas y equivocadas. Eso es lo que va haciéndoles cada vez más insensibles, lo que provoca su caída.
¿Ha conocido de cerca personajes como los de la película?
Crecí en el barrio en que ocurrió la historia real de ‘El Grillo’, por lo que pude introducir muchos elementos autobiográficos. Nunca fui amigo suyo, ni tuve relación personal con él, pero era un señor que estaba bastante presente entre las gentes del barrio. Cuando hacía los recados, iba a comprar el pan donde también compraba él. Hoy en día, en Cali, todo aquel que tenga más de cuarenta años sabe perfectamente quién era. Si no tienen nexos con él, se los inventan: que fue novio de una prima, que iba a beber a su bar, etc.
Toda esta gente que ha conocido en la realidad, ¿ha quedado convencida al ver la historia en la pantalla o les ha defraudado un poco?
Era una enorme responsabilidad. En Cali iban a mirar mi película con lupa. Además, esto se unía a los temores que uno tiene lógicamente al rodar su primera película. Pero existe mucho desconocimiento sobre el tema del narcotráfico. Nunca había hecho ficción, y para mí era una empresa muy difícil. Además, era una historia de época, que requería vestuario, utilería y ambientación. Mi único as en la manga es que yo tenía bastante idea de cómo fue aquella época, y sabía cómo tenía que quedar para resultar creíble. Durante el proceso de documentación, reunço fotografías de la época, que me mostraran cómo se vestía allí en Cali. Efectivamente, esto era una gran responsabilidad, pero me hizo esforzarme más.
Además de documentarse tanto, ¿se inspiró en películas que contaran cosas parecidas?
Me fijé en los viejos westerns, que a través de personajes característicos, mostraban el funcionamiento de sociedades más complejas. También es evidente la influencia de películas de mafiosos como Scarface y Uno de los nuestros.
Existe una película titulada Blow, de Ted Demme, que cuenta casi la misma historia, pero desde el punto de vista estadounidense. ¿La tuvo en cuenta?
Ya estaba trabajando en El rey empezaron a anunciarla, lo que me generó cierto sentimiento de frustración. Pensé que se me habían adelantado y que cuando saliera mi película, iban a decir que era una copia. Pero cuando fui a verla, en lugar de desencantarme, la película me causó el efecto contrario. Me dio más valor para contar la historia desde un punto de vista más realista. Creo que Blow era demasiado estereotipada.
¿Cómo consiguió la financiación?
Cuando te involucras mucho, se vuelve un anhelo personal. En Colombia dirigir una película actualmente es muy difícil. De todos mis compañeros de generación, soy el único que ha podido filmar un largo. Cuando empecé a rodar en Cali, me dijeron que hacía diecisiete años que no se rodaba nada allí. Y eso que en los 80 se hicieron muchísimas películas, y Cali llegó a conocerse como ‘Caliwood’. Recurrí a todas las fuentes de financiación imaginables e incluso hipotequé mi casa.
