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El cine al servicio de la nación (1939-1975) (Gabriela Viadero Carral, Marcial Pons Historia, 445 págs)

Estudio pormenorizado de cómo el cine se constituyó en herramienta para favorecer el sentimiento patriótico español durante el período del franquismo (1939-1975), y que ha merecido el Premio Muñoz Suay 2017, donde la Academia de las Ciencias y las Artes Cinematográficas de España reconoce anualmente los mejores trabajos de investigación histórica de nuestro cine. Se trata de la adaptación que ha hecho Gabriela Viadero Carral de su tesis doctoral, para hacerla más accesible al gran público, e incluye un prólogo del historiador y catedrático emérito de la Complutense José Álvarez Junco.

Resulta muy de agradecer el desapasionamiento y la búsqueda de la objetividad y el rigor, con la presentación de datos que hablan por sí mismos, al abordar temas que siguen aún levantando ampollas, en una España que a veces no sabe mirar al pasado con serenidad, para abordar el futuro con ese mismo talante. Por supuesto, el tema abordado es amplísimo y se reconoce que lo ofrecido es una aportación de lo que, es de desear, tiene que ser también una exploración de detalle.

Antes de presentar propiamente su estudio, la autora ofrece una necesaria introducción para clarificar conceptos e indagar acerca de la idea de nación y del modo en que España se ha considerado a sí misma como tal. De modo que citando a autores como Benedict Anderson, célebre por sus “Comunidades imaginadas”, y siguiendo a su maestro Álvarez Junco, recuerda que el nacionalismo funciona como elemento cohesionador de sociedades, que puede responder a motivaciones primordialistas, instrumentalistas y constructivistas, y que en pleno postmodernismo se pasaría a prestar una mayor atención al individuo y sus querencias. Circunstancias históricas y emocionales harían cambiante la idea de nación, y Viadero se hace eco de la polémica mantenida, ya en España, entre Juan Pablo Fusi y Borja de Riquer, donde el segundo se atrevía a preguntarse acerca de si se podía hacer historia acerca de “lo que no había existido”, en relación a la nación española. En cualquier caso, Viadero recuerda cómo la identidad española se ha ido forjando a lo largo de los siglos, aunque luego la teoría política acuda al uso del término “estado” en su acepción más moderna, y los esfuerzos vertebradores del siglo XIX tengan resultados limitados, como bien puso de manifiesto José Ortega y Gasset, curiosamente un autor no citado en esta breve exposición introductoria.

Resulta muy interesante la idea de cómo el cine puede ser utilizado como elemento cohesionador de España tras una guerra que enfrentó a unos y otros, desangrando el país, algo que hace el régimen de Franco en unos momentos en que las películas constituían un elemento primordial de entretenimiento. Con criterios de selección justificados, la autora explica el modo en que ha escogido determinados títulos -ha visionado alrededor de 450-, atendiendo a los contenidos, la calidad no forma parte del estudio. El planteamiento es ver cómo esas películas que pretendían ofrecer una idea de España, miran a los orígenes, un pasado que se remonta a la Edad Media, al enfrentamiento a enemigos como Francia en la guerra de la independencia, al imperio español y las colonias, a la religión católica como elemento identitario, y a una imagen romántica y folclórica; también, por supuesto, a la guerra civil, y a la modernización donde resultan claves el desarrollismo y el turismo.

La autora desciende a lo concreto con ejemplos, recogiendo incluso diálogos de las películas que ilustran, por ejemplo, como España puede verse como una nación agredida, como esa conversación en Sueños de historia (José H. Gan, 1958) sobre el sitio de Zaragoza entre abuelo y nieto, donde el segundo acaba diciendo: “Con lo que a mí me gusta meterme en líos. Si yo viera venir a los soldados de Napoleón, les tiraría las bombas com esta pelota”.

Una de las conclusiones a que llega la autora, y que es criterio habitual de los historiadores fílmicos en sus estudios de las películas en períodos determinados, en la cinematografía de cualquier país, es que el cine histórico no sólo refleja la época retratada, sino la del momento en que se hace la película, lo que en el caso español, por supuesto, supone un discurso que defiende la unidad nacional frente a lo que separa, y que maneja en las tramas la tríada “paraíso-caída-redención”. Viadero llama la atención sobre las pocas películas acerca del descubrimiento y colonización de América, lo que no deja de ser contradictorio con el deseo de ensalzar las virtudes de España, como nación escogida, y a la que la fe católica ofrece seguridad, aspecto bien presente en otros títulos más contemporáneos, como los relativos a santos y misioneros, casi siempre hispanos, y a los que mueve sobre todo el amor de Cristo; a este respecto se constatan cambios lógicos en las tramas a partir del Concilio Vaticano II. Por otro lado, está bien detectado el respeto con que se trata al norte de África, en momentos en que se buscaba apuntalar la amistad española-marroquí.

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