"Un cinéfilo en el Vaticano", de Román Gubern
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"Un cinéfilo en el Vaticano", de Román Gubern

Un cinéfilo en el Vaticano (Román Gubern, Nuevos Cuadernos Anagrama, 121 págs)

Otro título cinematográfico se suma a la coqueta colección Nuevos Cuadernos Anagrama, haciendo el número 23. Como el que firmara Vicente Molina Foix sobre su relación con Stanley Kubrick, se trata de un logrado conjunto de los recuerdos que ligan a su autor, Román Gubern, con el Vaticano, y tal vez por ende habría que añadir, y con la religión católica. Con 85 años, este prestigioso estudioso de la comunicación audiovisual, catedrático de la Universidad Autónoma de Barcelona, que ha estado ligado a las más instituciones académicas tan prestigiosas y es autor de numerosos manuales y libros de referencia, rememora en este ameno librito, su singular relación con la Filmoteca Vaticana. El prólogo cuenta con la bendición de Esteve Riambau, director de la Filmoteca de Catalunya.

Gubern da cuenta de cómo conoció al sacerdote Enrique Planas, director de la Filmoteca, y de su llamada una vez instalado en Roma en 1994 para dirigir el Instituto Cervantes, donde le expuso la idea de poner en marcha varias iniciativas con ocasión del centenario del cine, que se celebraba al año siguiente, y le invitaba a formar parte del comité organizador. Lógicamente, se sintió honrado por esta consideración –también del obispo John P. Foley, presidente del Pontificio Consejo para las Comunicaciones Sociales– y procuró hacer aportaciones con profesionalidad en las reuniones tenidas al efecto, con textos propios de los que ofrece un fragmente, o sugiriendo títulos que deberían figurar en un canon de películas con valores espirituales, humanos y artísticos a los que se daría un cierto espaldarazo cara a su conocimiento por parte de los fieles.

Al hilo de esta circunstancia, el autor reflexiona acerca de cómo la Iglesia ha evolucionado a lo largo de su historia a la hora de acometer la representación de los misterios de la fe, incluida la postura de varios pontífices, y haciendo especial hincapié en el cinematógrafo. Gubern no pretende dar una visión completa de las películas sobre Jesús, pero sí arroja luz sobre algunas tempranas representaciones.

Aunque con bromas y chascarrillos, muestra respeto por la Iglesia, y se adentra en curiosidades como el debate para nombrar un santo patrono del cine. No acaba de entrar a explicitar su postura personal en relación a la fe –a no ser que su definición como persona “laica” haya que entenderla en uno de sus sentidos de “no creyente”–, pero el resumen final de su vida viajera –“más que la búsqueda de una patria, era probablemente el fruto inconsciente de una triple convergencia: huir de mí mismo (por alguna culpa subconsciente), de la complementaria búsqueda de mí mismo y del anhelo de encontrar un paraíso perdido”– apunta a ese “equilibrio emocional” en la senectud, que le habrían dado “Hollywood y Venecia, los lugares más irreales del mundo”.

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