El personaje. El arte de crear personajes en la página, el escenario y la pantalla (Robert McKee, Alba, col. Fuera de campo, 419 págs)
Sugiere Robert McKee a quien se asome a su nueva obra: "Que leas este libro despacio, deteniéndote y asimilando lo que has aprendido y pensando de qué manera puede aplicarse a tu trabajo". Sabio consejo, aunque difícil de seguir al pie de la letra en el acelerado mundo en el que nos toca movernos, donde queremos las cosas "ya", "de inmediato", "para ayer" como quien dice. De todos modos es atinado, porque la propuesta del autor, experto en el guión cinematográfico, es nada menos que la creación de personajes multidimensionales, inolvidables, con un rico mundo interior, capaces de seducir a los espectadores de películas. Aunque como él mismo confiesa, "nadie puede enseñarte cómo se crea una historia, un personaje o cualquier otra cosa", el proceso es personal, y somos insustituibles, nadie hará lo que no hagamos nosotros. O sea, él ofrece pistas, pone múltiples ejemplos, nos enseña métodos bidireccionales para dar vida a los personajes, de fuera hacia dentro, de dentro hacia fuera. Y recuerda que lo importante, siempre, es ahondar en la naturaleza humana, que nunca deja de sorprendernos. Sí, hay que estar abiertos a la sorpresa, aunque tantas escuelas que han investigado el comportamiento humano, el psicoanálisis, el conductismo, el evolucionismo, el cognoscitivismo, nos ayuden con sus clasificaciones, estas nunca son suficientes para abarcar el misterio del hombre y de la mujer. Y en la creación de personajes siempre habrá puntos de vista diversos, que pueden ser igualmente válidos, un ejemplo clásico que menciona McKee es el de imaginar una "biografía" del personaje, con elementos que no van a aparecer en la historia que se cuenta: para algunos guionistas esto es de gran ayuda, otros consideran tal "biografía" prescindible. Ambas posiciones son sostenibles, y al final cada creador es cada creador, y sabe lo que le resulta más útil en su aventura personal de la escritura.
Resulta interesante la distinción que hace el iluminador libro de McKee entre persona o ser humano, y personaje, ambos con sus complejidades, que agradecemos en el segundo caso, lo predecible en la ficción no nos interesa tanto. La primera es real, e inacabada, su vida fluye, y no sabemos en qué dirección; mientras que un personaje de una obra está terminado, por muchas lecturas y relecturas que podamos hacer del mismo cuando le vemos evolucionar en una pantalla de cine. Lo mismo cabe decir de los entornos en uno y otro caso. En el mundo en el que nos movemos, conocemos a otras personas, viajamos, y nuestras experiencias no dejan de crecer; mientras que en una película, el autor crear los ambientes y lugares en que se moverá el personaje, no existirán otros. En definitiva, los personajes son símbolos de las personas reales, metáforas, a veces con resonancias insospechadas, en su capacidad inspiradora y de condensación de modos de enfocar la vida. Lo que pasa es que en la pantalla o en un escenario, son una especie de "replicantes". Pero evidentemente no son personas, de ahí que los actores que los interpretan vuelvan a ser ellos mismos cuando terminan su trabajo, por muy metidos que hayan estado en la piel de quien interpretaban. Y luego los personajes, como las matriuscas, pueden tener dentro sorpresas, de ahí por ejemplo la definición de otro concepto, el rol, todo personaje tiene un rol, o incluso varios, pero el personaje no es el rol. El protagonista es protagonista, por supuesto, complejo y multidimensional en sus habituales contradicciones –estupendo el estudio de Tony Soprano–, y quizá en los secundarios es donde a veces se pueda producir, de facto, una identificación con el rol, ya sea con su función de consejero, guía, etcétera.
Tras entregarnos el autor sus libros "El diálogo" y "El guión. Story", podemos pensar que "El personaje" es volver a dar vueltas a lo mismo, aunque desplazando el foco. El mismo McKee viene a reconocerlo cuando trae a colación el concepto de historias movidas por la trama, o movidas por los personajes, una falsa dicotomía, asevera, porque en el fondo estaríamos hablando de las dos caras de una misma moneda, las tramas no moverán nada si no nos interesan los personajes, o viceversa. También se puede debatir en qué medida los personajes se inventan, son creados, o en alguna medida constituyen un descubrimiento, algo que sacamos a la luz o desempolvamos, invitándonos a investigar. Resulta sugestivo el ejemplo del sueño que pone McKee, hemos visto "una familia vestida con batas blancas de laboratorio" que "se afana frenéticamente sobre mesas llenas de un brillante surtido de tubos de ensayo". Esa imagen para el creador ávido de estímulos puede ser el arranque de una historia, de unos personajes. Y conducirnos poco a poco a territorios íntimos, en que se producen conflictos de valores.
Ayuda a la complejidad de los personajes darles capas, o imaginar diferentes "yoes" en acción. McKee lo ejemplifica con el caso de la serie sobre el mundo de la publicidad Mad Men, en que distingue en los personajes de Don Draper, Betty Draper, Roger Sterling, Peggy Olson, Pete Campbell, Joan Holloway y Sal Romano su yo social, personal, central y oculto.
P.S.: No me resisto a señalarlo. El autor explica que ha tenido grandes dudas a la hora de hablar de ellos y ellas para referirse a hombres y mujeres, porque usar ellos como abarcador no le parece adecuado. De modo que, solución salomónica, que lo partan por la mitad, o sea, en la mitad de los capítulos se habla de autoras y escritoras, etcétera, y la otra mitad, de autores y escritores, alternando este modo de decir. Me abstengo de hacer comentario alguno, que cada uno (o una, je, je) considere si es una solución justa o un artificio absurdo.
