Diálogos sobre la fe (Martin Scorsese y Antonio Spadaro, Espasa, 144 págs)
Martin Scorsese en un artista director de cine italoamericano, mundialmente conocido por sus impactantes películas, atravesadas con frecuencia por la violencia, pobladas de personajes atormentados, que a nadie dejan indiferente. La fe cristiana, y concretamente católica, ha tenido un claro impacto en su vida, incluso llegó a plantearse la posibilidad de ser sacerdote. En sus años juveniles neoyorquinos de vida de barrio en Little Italy, que tanto inspiraron Malas calles, tuvo una influencia importante la figura del padre Francis Principe, jesuita severo pero que en realidad “jamás te obligaba a nada, solo te orientaba, te aconsejaba, te convencía. Así de extraordinario era el amor que él tenía”, asegura el cineasta.
“Diálogos sobre la fe” es un librito estupendo, fruto de las conversaciones y la amistad con otro sacerdote jesuita, muchos años después, el padre Antonio Spaldaro, durante largo tiempo director de revista “La Civiltà Cattolica”. Todo apunta a que el origen de su relación estriba en la realización de la película Silencio, sobre los misioneros jesuitas japoneses mártires en Japón, a partir de la novela de Shusaku Endo, la proyección del film en el Vaticano lleva a una serie de preguntas y respuestas, comienza el roce, el trato, la amistad, el compartir mesa y mantel, y luego a los correos electrónicos, a las preguntas sobre qué supone para el cineasta la fe, la figura de Jesús, la situación única de confinamiento y riesgo pandémico del Covid-19, y hay espacio también para hablar de otros filmes posteriores como Los asesinos de la luna, en que se advierte una evolución que posibilita también la sabiduría de la experiencia de los años.
No es la primera vez que Scorsese habla del fondo cristiano que late en sus filmes, a veces no detectable a simple vista, a este respecto es aconsejable también el libro “Martin Scorsese: A Journey”, de Maria Pat Kelly, autora católica que le interpela sobre los aspectos espirituales de sus películas, los dilemas morales, las almas hundidas en el abismo de sus personajes. Son tipos tan tremendos como el Jake La Motta de Toro salvaje, donde la búsqueda de la redención se antoja difícil. Y está por supuesto su mirada a Jesús en La última tentación de Cristo, fallida porque en realidad, a mi entender, no mira a Jesús, sino que que proyecta sobre él sus dudas en un momento bajo de su vida, de modo que tenemos a alguien débil y poco atractivo, que no es desde luego el Dios encarnado en el que creen los cristianos. El mismo Scorsese confiesa que fue con Silencio y su mirada muy a lo Graham Greene donde abordó de nuevo a Jesús y el cristianismo de nuevo y ahí “tuve la sensación de que había hallado mi propia manera de tratar con ese misterio como es debido”.
Quizá lo más interesante del libro a cuatro manos de Spaldaro y Scorsese sea que nos ofrece una “foto” lo más actual posible de cómo ve su fe el octogenario cineasta que se plantea rodar una nueva película sobre Jesús. No sabemos en qué quedará este proyecto, donde responde a un llamado concreto del fallecido Papa Francisco con el que departió en varias ocasiones, pero aquí ofrece en forma de libreto o guión impresionista, lo que podría ser el resumen de su trayectoria, con su oficio de cineasta, que le ofrece un modo único de presentar a Jesús, hablando de títulos como El evangelio según San Mateo de Pasolini, y repasando también su filmografía.
Lo cierto es que más allá de la compleja trayectoria del cineasta, destaca la profundidad de sus observaciones, aun admitiendo que no tiene formación teológica. Pocas veces he visto hablar de un modo tan claro a un director de cine sobre la santificación de la vida ordinaria. Así, toma pie del concepto de transubstanciación en la Eucaristía –el pan y el vino se convierte en el Cuerpo y la Sangre de Cristo– para afirmar que “no es algo que solo pueda ocurrir en un edificio determinado. Tiene que hacerse sentir en el resto del mundo. Y para que eso ocurra, nosotros mismos [los cristianos] tenemos que responsabilizarnos de que suceda, con nuestros propios actos. En otras palabras, tenemos que sacar a Jesús y a Dios de la iglesia y llevarlos a la calle y a nuestros hogares, sobre todo. Para mí, esto es una necesidad, es la realidad. ¿Lo he conseguido en mi propia vida? Lo desconozco, aunque creo que no. Tengo ya ochenta años y sigo sin saberlo. Pero quizá 'conseguir' no sea el verbo adecuado aquí. De lo que se trata es de intentarlo. Y si se fracasa, hay que seguir intentándolo.” Es uno de los muchos agudos comentarios que ofrece Scorsese sobre su visión de la fe y el modo de vivirla en la calle, desempeñando el propio oficio de cineasta, que ejemplifica en su guión, con el encuentro eléctrico de una joven y un mendigo en el metro.
