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Don Draper toca fondo o el magnífico final de “Mad Men”

Don Draper toca fondo o el magnífico final de “Mad Men”

“Persona a persona” se titula el capítulo que pone fin a una gran serie televisiva que se ha desarrollado a lo largo de siete temporadas, y a la que me he referido en varias ocasiones en este blog. Y en efecto, Matthew Weiner, el creador de Mad Men, ha sabido mostrarnos sobre todo personas y sus conflictos, ése es el secreto de su éxito. Por supuesto que nos pinta el mundo de la publicidad y de los negocios por extensión, en un contexto histórico en que las mujeres tratan de ocupar su espacio laboral, y donde la crisis de la modernidad alcanza nuevas cotas. Pero lo que importa es cómo todo eso afecta a Peggy Olson, Pete Campbell, Joan Holloway, Roger Sterling, a Betty Francis y Sally Draper, y por supuesto, a Don Draper. Y no cito al resto de personajes, incluidos los de otras temporadas, por no alargar en exceso estas líneas.

Durante todos estos años hemos visto a Don caer, caer y caer, precipitándose al vacío. A pesar de encontrarse profesionalmente encumbrado, le hemos visto amargado por los secretos de su pasado, enamorado y divorciado en dos ocasiones, intentando llenar su vida con relaciones esporádicas, o, en el último episodio, apostando por la velocidad, una suerte de espónsor de unos locos del motor.

Supongo que ahora toca decir eso de, ojo, “spoiler”, voy a hablar del final de la serie, algunas de las sorpresas finales quedarán desveladas en las líneas que siguen. Pero es necesario hacerlo, porque el magnífico final concebido por Weiner tiene la chispa de la naturalidad y el ingenio, todo fluye con gran normalidad, pues los personajes son como son, y lo que a la postre ocurre, no nos chirría, y a la vez nos ofrece algo parecido a un apunte de redención y madurez, que invita a la esperanza.

Unos y otros han tocado poder, saben lo que es estar arriba y abajo. Pero una situación personal satisfactoria es lo que al final todos anhelan. Campbell dirá por fin a su mujer Trudy que la quiere, y apuesta por la reconciliación, con un ritmo de trabajo más tranquilo, aprovechando su buena posición. Joan tiene metido muy dentro el gusanillo de triunfar profesionalmente por su cuenta, y a la vez cree haber encontrado en el maduro Richard un posible compañero para toda la vida; pero debe escoger entre lo primero y lo segundo, y en la vida su físico y su condición femenina la han condicionado tanto, que opta con dolor por primar su carrera. Antes ha ofrecido a Peggy ser socia en su aventura empresarial, pero ésta aspira a subir más laboralmente en McCann, y además va a encontrar el amor de su vida delante de sus ojos, parece inesperado, y es totalmente lógico. Mientras que Roger Sterling desea asegurar el futuro de su hijo con Joan, y al tiempo se inclina por el amor por Marie, la madre de Megan, de una edad más razonable que las jovencitas que podría apetecerle perseguir.

Pero es hora de hablar de la familia Draper y Don. El cáncer de Betty, separada y vuelta a casar, supone todo un catalizador, que no cambia sustancialmente a las personas pero las mejora. Ella sabe que le quedan meses de vida, y reacciona con esa frialdad suya tan característica, pero a la vez dispone las cosas del modo más razonable posible. La conversación telefónica con Don es muy poderosa. Él, que ha huido del trabajo hacia ninguna parte quiere volver, estar con ellos, se hará cargo de los hijos, pero Betty le dice que bastante duro va a ser para los más pequeños, y que no deberían cambiar la dinámica de las cosas, él va por ahí muy de tanto en tanto, ¿cuándo fue la última vez? Y este planteamiento realista es una verdadera bofetada moral en la cara de Don, que verdaderamente se derrumba. No deja de llamar la atención que la reacción más madura en el seno de esa familia sea la de la hija mayor Sally, una adolescente que renuncia a sus deseos de irse a estudiar a Madrid, España, para estar con sus hermanos y su madre.

El escéptico Don, que se ha encontrado involuntariamente en una especie de retiro espiritual new age, son los años del movimiento hippy, y que despreciaba este tipo de terapias de encontrarse a sí mismo o buscar a Jesús, acaba conmovido y removido, y encontrando una especie de paz, reconociendo sus emociones y vaciándose, ese yoga final lo dice todo.

Pero no nos olvidemos de la Coca-Cola. Terminar con ese spot clásico de 1971, de una letra tan adecuada para expresar el “mood” que envuelve finalmente a Mad Men ­–“Al mundo me gustaría enseñar a cantar / en perfecta armonía. / Al mundo me gustaría comprar una coca-cola / y mantenerlo unido”– es una idea sencillamente genial. Enhorabuena, Mr. Weiner.

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