La actriz australiana Cate Blanchett, dos veces ganadora del Oscar, ha soltado una bomba: cree que las galas de premios no deberían emitirse en televisión.
En una entrevista en el pódcast Las Culturistas With Matt Rogers and Bowen Yang, Cate Blanchett ha defendido la idea de devolver los premios a la intimidad de antaño, lejos de móviles indiscretos y análisis al milímetro de cada gesto. Porque, según ella, lo importante es el reconocimiento, no el show.
"Antes podías ir a una fiesta y simplemente estar, sin que nadie te grabara o analizara lo que hacías", ha recordado la actriz, añorando la libertad de los bailes del Mardi Gras a los que acudía en el Sídney de los 80. Y no es para menos: hoy en día, cualquier palabra susurrada en una gala puede ser descifrada por un ejército de lectores de labios en TikTok. Algo que dejó a Blanchett boquiabierta: "¿Lectores de labios?", preguntó sorprendida durante la charla.
Oscars sin focos, alfombra roja sin cámaras
Mientras algunos ven en estos eventos una oportunidad para el espectáculo, Cate Blanchett lo considera una trampa mediática: "El sector está en un punto de inflexión. O puede ser emocionante o puede ser deprimente. Lo que necesitamos es reunirnos y celebrar lo que hacemos, sin pensar en la audiencia".
Lo cierto es que la idea de unos Oscars a puerta cerrada suena a ciencia ficción. La gala lleva emitiéndose en televisión desde 1953 y genera audiencias millonarias. Además, si Hollywood renunciara a su desfile de glamour, ¿dónde quedaría el tradicional escándalo anual de un vestido demasiado atrevido o un discurso políticamente incorrecto?
Cate Blanchett, que ha recogido su estatuilla por El aviador y Blue Jasmine, no necesita más premios para saber cómo funciona el sistema. Pero si algún día la Academia decide apagar las cámaras y convertir los Oscars en una fiesta privada, la actriz ya tiene claro su plan: ponerse cómoda, brindar con sus colegas y olvidarse de que el mundo los está mirando. Y, quién sabe, quizás así los discursos de agradecimiento sean más cortos y menos políticos. Al fin y al cabo, sin público, ¿para qué fingir?
