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Por fin se anima la sección oficial

Festival de San Sebastián 2015, 22 de septiembre: el anime japonés del niño y la bestia, la distopía de High-Rise y el pringado que quería borrarse de la Iglesia católica

José María Aresté 22 Septiembre 2015

"El niño y la bestia" ha hecho historia en San Sebastián, por primera una película animada opta a la Concha de Oro. Pero más historia podría hacer ganando el premio gordo del Festival, y no es una quimera, pues seguramente se trata de la mejor película que se ha podido ver hasta el momento en la sección oficial.

La animación japonesa ha dado ya un buen puñado de obras maestras gracias a la sensibilidad de cineastas como Hayao Miyazaki e Isao Takahata. Tenía mis dudas de lo tendría que ofrecer en El niño y la bestia Mamoru Hosada, forjado en el mundo de Digimon, y que antes dirigió La chica que saltaba a través del tiempo. Pero se despejan al poco de empezar la película, y son reemplazadas por la admiración en el último tramo, verdaderamente notable.

Como en otras cintas de anime, me vienen a la cabeza Pompoko y El viaje de Chihiro, interaccionan el mundo de los humanos y un mundo fantástico, el de las bestias. Kyuta, un chaval de 9 años que vive en la gran ciudad de Shibuya, ha perdido a su madre, y no ha llegado a conocer a su padre. Cuando escapa de casa, ante la perspectiva de ser adoptado por unos familiares, se sumerge a través de un callejón en el mundo de las bestias, Jutengai, y se convierte en aprendiz de Kumatetsu, que aspira a ser Señor de la ciudad, para lo que tendrá que enfrentarse con otro rival en singular combate. Tosco y pendenciero, Kumatetsu no es de fácil trato, a pesar de que intentan atemperar su carácter un buen amigo y un monje; sin embargo acabará produciéndose una especial conexión entre la bestia y Kyuta. Aunque cuando cumple 17 años, el chico empieza a preguntarse cuál es su lugar en el mundo.

Hosada ofrece una historia de iniciación a la vida y maduración, donde tanto el chico como la bestia crecen interiormente. El film combina sabiamente sentido del humor y dramatismo, e incorpora cuestiones muy importantes como la de tener una educación, contar con la ayuda de los padres y buenos amigos. Además se habla simbólicamente de la oscuridad, cómo se puede amargar el alma, con una referencia de la literatura universal bien conocida, el “Moby Dick” de Herman Melville.

Los fondos y la paleta de colores son muy espectaculares, el elemento fantástico está presente pero sin aturdir –un error demasiado frecuente en cine de este tipo–, y la animación sencilla de los personajes funciona a las mil maravillas, como suele ocurrir en la animación nipona.

¿Es esto lo que nos espera?

Ahora que las distopías juveniles están tan de moda, con las sagas de Los juegos del hambre y compañía, llega una cinta adulta de ese corte, High-Rise, que adapta una novela del británico J.G. Ballard. Confieso que me interesan más de ese autor sus recuerdos autobiográficos plasmadas en la pantalla por Steven Spielberg en El imperio del sol, que su mirada a una sociedad enfermiza de un corte futurista que a veces ya es presente, y que ha dado pie a obras como el Crash de David Cronenberg.

El tiempo en que transcurre la acción de High-Rise se diría indeterminado, quizá un futuro muy parecido a la actualidad, donde la sociedad se ha degradado hasta el extremo. El doctor Robert Laing, que aún llora la reciente muerte de su hermana, se acaba de mudar a un enorme edificio de apartamentos, donde en los pisos bajos habitan personas de inferior condición social, mientras que en los altos vive la élite. Precisamente en la azotea vive el arquitecto, Royal, aunque el gobierno del rascacielos, que cuenta con piscina, gimnasio y supermercado, entre otras comodidades, aún mayores para él, su esposa ha montado una suerte de parque con animales arriba del todo, no es sencillo.

“Sexo y paranoia”, diagnostica uno de los personajes en un momento dado, a modo de resumen de las obsesiones de una sociedad decadente. Y es que los habitantes conforman un auténtico zoo humano, con personas animalescas, promiscuas, chismosas y superficiales, con obsesiones de todo tipo, ya sean más o menos famosetes. Los suministros de luz, agua y alimentos empiezan a fallar, y la locura se desata, mientras se sucede la violencia y las fiestas orgiásticas. Todo se sirve con una cuidada imaginería alucinada, e irritante casi siempre, que hace pensar en el cine de Terry Gilliam: el film de Ben Wheatley querría ser algo así como Brazil y 12 monos, pero su demencial locura que agota al espectador más paciente se aproxima más a Miedo y asco en Las Vegas o The Zero Theorem. Da pena tener un reparto con Jeremy Irons o Sienna Miller para esto.

Despiste total

Si hubiera que resumir la trama de El apóstata, yo diría que es la historia de un pringado con una idea fija y algo estúpida, porque no hay en ella ningún gran planteamiento vital. El joven indolente Gonzalo Tamayo, estudiante de filosofía que no acaba de terminar la carrera, profesor particular del hijo de una vecina, que se acuesta con su prima Pilar y al que pesa de modo agobiante la relación con sus padres, ha tomado la determinación de apostatar. Tras obtener la partida de bautismo en su parroquia como primer paso, se encuentra en el obispado con más obstáculos de los que había previsto.

El uruguayo Federico Veiroj parte de la experiencia personal de su protagonista y coguionista Álvaro Ogalla, actor no profesional, para ofrecer un retrato que quiere ser generacional de alguien perdido, sin rumbo, que ha emprendido una peculiar batalla existencialista a modo de posmoderno quijote hundido en el individualismo nihilista, que siempre parece anodina, aunque en los últimos pasos del film se le quiera dar un aire casi de gesta épica. No pretende ser la cinta seguramente ser anticlerical, más bien pinta a un personaje “líquido” y sin garra, que no sabe de dónde viene ni adónde va, que quiere romper con un pasado al que parece culpabilizar sin ira, punto de partida hacia ninguna parte, pero punto de partida auténtico, con la inocencia imposible de su joven pupilo.

El omnipresente Ogalla resulta cansino, también con su voz en off dispersa en la irritante narración aquí y allá. A modo de cine experimental y ejercicio de estilo se incluyen ensoñaciones fantasiosas –ese aula nudista a modo de edén– o pasajes de corte buñuelesco, el obispo en el balcón soltando parrafadas tomadas al parecer de Galdós, que no logran ocultar el hecho de que falta al conjunto cohesión, algo que se parezca a lo que pretende ser a la postre, un discurso.

José María Aresté
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