Aunque se trata de dos películas con vocación pictórica, The Deep Blue Sea del británico Terence Davies y Los pasos dobles del español Isaki Lacuesta no pueden ser más diferentes.
Voces distantes (1988) y El largo día se acaba (1992) labraron el prestigio del británico Terence Davies, se trataba de títulos anclados en la nostalgia de la infancia y de fotografía bellísima, con guiones originales propios. Luego entregó películas más convencionales, basadas en textos literarios, La biblia de neón (1995) que adaptaba a John Kennedy Toole, y La casa de la alegría (2000), según la novela de Edith Wharton. Con The Deep Blue Sea, la película que presenta a concurso en San Sebastián, reincide en la adaptación, en este caso una obra de teatro de Terence Rattigan, de quien existen versiones afortunadas en cine de Mesas separadas, La versión Browning y El caso Winslow.
En el Londres de alrededor de 1950, Hester es una joven insatisfecha de su matrimonio con William, un venerable juez de más edad que ella, dominado por su madre. La vida conyugal le parece insulsa, y cree encontrar el amor en Freddie, que combatió como piloto en la pasada guerra, con quien se va a vivir, aunque es incapaz de sentar la cabeza, por lo que su futuro es más que incierto.
Siguiendo a Rattigan, Davies indaga en las dificultades del amor, palabra demasiado manoseada y tratada a menudo con enorme superficialidad. En cierto momento del film Hester, cuya vida vacía y desgarrada le lleva a intentar el suicidio, recibe una breve clase de amor verdadero, real, palpable, cuando la casera del lugar donde se aloja le explica que “amor es cambiar las sábanas a alguien que se ha orinado” en alusión a su esposo ya senil.
El cineasta británico sabe montar bien el entramado dramático de la historia, entendemos las razones y frustraciones de Hester, su deseo de algo más; nos conmueven los esfuerzos de William por recuperar a su esposa; y hay algo de estremecedor en el suspicaz y frívolo Freddie, que no puede evitar ser como es.
La fotografía quemada de Florian Hoffmeister va en la línea de los títulos más tempranos de Davies, juega con el claroscuro, con fuertes contrastes y tonos dorados. Se nos regalan hermosos planos secuencia, aunque en algún caso se trata de un preciosismo poco justificado argumentalmente.
De todos modos, para propuestas caprichosas, el cine experimental de Isaki Lacuesta, que este año cuenta en San Sebastián con dos películas en que ha colaborado con el pintor Miquel Barceló, una a concurso, Los pasos dobles que aquí nos ocupa, la otra, El cuaderno de barro, no.
El film plantea de entrada un enigma intrigante. El pintor francés François Augiéras habría concebido en un búnker militar, en medio del desierto, una ambiciosa obra a modo de Capilla Sixtina. Pero tras los avatares que habría sufrido este trabajo en sus primeros pasos, el artista habría sellado el lugar confiando en que los hombres del siglo XXI lo encontrarían y sabrían apreciarlo.
La acción, por llamarla así, transcurre en Mali, y combina reflexiones sobre el arte, el indigenismo, prácticas religiosas donde hay espacio para el animismo y el cristianismo. Por allí aparecen Barceló con sus cuadernos de apuntes y esas páginas donde se desarrollan “los pasos dobles”, donde se intuye cierto arte primitivista que se funde de algún modo con la naturaleza; pero la película es algo abstrusa, requiere unas claves hermenéuticas no al alcance de todos los mortales, para comprender que hacen por ahí unos negros albinos, una especie de cuadrilla de bandidos, o un iluminado presentado con una imaginería a lo Simón el estilita, subido a un árbol. De vez en cuando hay música de spaghetti-western, y en fin, no sé, seguramente se trata de una aguda mirada antropológica, pero yo no la pillo.
Lacuesta me interesó mucho con La leyenda del tiempo (2006), su obra más lograda. Había cosas interesantes en Los condenados (2009), un ejercicio de memoria histórica con el que ya compitió en San Sebastián. Aquí no me llega. Y no sé si la frase, repetida dos veces en el metraje, “no hay nada peor que hacer el amor con alguien a quien no quieres”, supone de algún modo ponerse la venda ante un espectador que no logre entrar en su película.
