La producción de This Must Be the Place de Paolo Sorrentino es enteramente europea –Italia, Francia e Irlanda–, pero la acción transcurre casi enteramente en Estados Unidos, con un rodaje en inglés y actores americanos. Desde la primera imagen vamos a descubrir a Sean Penn, que interpreta Cheyenne, un antiguo “rock-star” que vive de sus rentas en una lujosa casa de Dublín. A sus 50 años ha conservado su “look gótico” que le da una apariencia extraña, próxima a un travesti. Su esposa Jane (Frances Mc Dormand) tiene la virtud de hacerle aterrizar en la realidad. Porque Cheyenne, que a lo largo de los años ha abusado de las drogas, tiene un aire ausente, una imposibilidad de abandonar a un personaje creado a lo largo de los años y que le da una apariencia de “zombi”. Sus relaciones con el mundo que le rodea son difíciles, su hija parece seguir su mismo camino, pues con la madre no se entiende demasiado bien. Es preciso decir que durante toda esta primera parte la acción languidece, parece sólo destinada a ofrecer el trabajo de Sean Penn, que en sus “ausencias” consigue imponer un personaje en via de destrucción.
En su segunda parte la película adquiere una nueva dimensión, con una misión que los acontecimientos imponen al personaje, relacionada con su fallecido padre y una historia de persecución de los judíos en la Alemania nazi. Esto lleva a Cheyenne a contratar a un “cazador de nazis”, ya casi sin trabajo.
La película de Sorrentino encuentra en esta segunda parte su justificación y permite acometer la necesaria transformación del protagonista. No falta la alusión transcendente al amor, que debe ser el elemento esencial de la paternidad. Sean Penn puede ser un candidato serio al premio de interpretación masculina, si lo consigue sólo el domingo lo sabremos.
