Guardo un grato recuerdo de Los Aristogatos porque me llevaron a verla al cine cuando era muy pequeño. Me apasionó el psicodélico número musical que decía “¡Todos quieren ser ya gato jazz! ¡Porque ellos son los que más saben sincopar!”, y eso que ignoraba por completo qué rayos quería decir “sincopar”.
Me pareció un poco idiota Edgar, el mayordomo. Su jefa, cantante de ópera retirada, nombraba herederos a su gata y a los cachorros de ésta, que él tenía que cuidar hasta que murieran… ¡Pero luego podía quedarse con la pasta! El tipo no se da cuenta de que en realidad es el heredero real a cambio de echarle un ojo a los mininos, que necesitan menos atención que ninguna otra mascota. Así que se complica la vida el hombre, y planea librarse de ellos, lo que desencadenará la tragedia.
Necesitado de revisarla para un libro que escribo, acudo el otro día a una céntrica tienda de videojuegos y Blu-rays de segunda mano a ver si tenían este film, segundo estreno animado de los estudios Walt Disney posterior a la muerte de su fundador, pero en realidad la primera en la que ya no estuvo presente a lo largo del proceso creativo (sólo llegó a dar luz verde al proyecto).
El lugar está atendido por jóvenes post-punk cercanos al perroflautismo que parecen simpáticos. Pero cuando pregunto por el film, la chica que me atiende se sorprende muchísimo y después me pone cara de odio.
Se hace el silencio. Todo el mundo alrededor se me queda mirando. Me identifico con el pobre Oliver Twist, cuando tiene la osadía a la hora de la comida de pedir “un poquito más” y casi le fusilan.
Pienso que debe haber un error. ¿Acaso el título se parece al de alguna peli porno muy chunga, sobre zoofilia o algo peor? La chica se digna a contestarme.
–Sí, sí que la tenemos. Pero, ¿sabe usted que es la película animada más racista de la historia?
–No, lo ignoraba. Perdone usted mi incultura cinematográfica.
Acude a una estantería y cuando regresa trae el título en cuestión, con dos dedos con los que se lo aleja de la nariz.
–Es que tengo que verla por asuntos de trabajo, ¿sabe? –Trato de justificarme–. Pero cuando la termine la quemo y le envío las cenizas a Pablo Iglesias. ¡Se lo juro!
Me pasé todo el viaje en metro dándole vueltas a la relación entre Los Aristogatos y el racismo. Como no entendía nada, consulté en internet. La clave estaba en la canción, que yo, ingenuo, pensaba que era una celebración de la diversidad, ya que la entonaban un gato latino, otro inglés y otro chino. Al parecer, este último acumula todos los tópicos sobre las personas asiáticas, por sus ojos rasgados, y que maneje palillos, y además tiene grandes dientes (estereotipo ininteligible, pues esta raza carece de dicha característica física).
Para las nuevas ediciones en formato doméstico y los pases televisivos, en Estados Unidos se ha remontado la secuencia maligna.
Yo estuve un buen rato sintiéndome sucio, por ver ese tipo de películas. Luego lo pensé mejor y llegué a dos conclusiones. Primero, que la corrección política, cada vez más desatada, nos va a llevar a la estupidez más absoluta. Y después que siempre atacan a Walt Disney acusando a la compañía de ranciedad. ¿A nadie se le ha ocurrido que cuando se estrenó, en 1970, no se rodaban muchas películas protagonizadas por una madre soltera?
Sí, vale, también reconozco que a día de hoy sigo sin saber en qué consiste exactamente “sincopar”.
