Comencé la lectura de “Todos los hombres tristes llevan abrigos largos”, de Rebeca Argudo con pocas expectativas.
Había entrevistado hace años por teléfono a la autora, para preguntarle por sus películas favoritas para Decine21, o sea que tenía cierta obligación moral de comprobar qué ha perpetrado. No me malinterpretéis, Rebeca Argudo, azote del pensamiento woke, me fascina con sus ingeniosas y contundentes columnas de opinión en La Razón y The Objetive, pero eso no quiere decir que sirva para escribir novelas, podría padecer el síndrome de Juan Manuel de Prada. ¡A saber!
Total, que me dispongo a devorar el volumen, sin muchas ganas, aunque tras acabar las primeras páginas me veo obligado a reconocerme a mí mismo que no arranca mal. No sólo escribe con su estilo ingenioso habitual sino que sabe adoptar un tono tragicómico, lo que resulta complicado de lograr. Usa muchas palabras que conocemos quienes la seguimos, como “Mibardesiempre”, aunque no hace falta ser un iniciado para poder seguir la trama. Y mete muchos elementos autobiográficos, pues al personaje central le gustan los comics y se comporta como ella, así que en realidad parece que te has ido una tarde de cañas con Rebeca Argudo y te ha contado muchas cosas. Un honor.
Ciertamente, al avanzar te das cuenta de que la autora se desnuda, exponiendo gran parte de su interior con total sinceridad, o sea que el libro está escrito con ovarios. Narrado en primera persona, la protagonista abandona a su pareja, Martin, a quien le deja una nota sobre la nevera que dice “Léeme”. A partir de ahí comienza a contarnos la historia de la relación, hasta llegar al misterioso “Ese Día”, donde todo cambió. A lo largo de las páginas, la autora se defiende de cualquier crítica que le puede caer, pues pone a caldo la autoficción, que ella misma cultiva, o reconoce con mucho humor que al trabajar como columnista le han encargado una novela con facilidad, mientras que otros aspirantes a publicar pasan años mandando originales sin que nadie los lea. Me ha recordado mucho a Woody Allen, al que ella misma cita, por su descripción de la vida social de intelectuales, de clase media, y la aparición de una psicoanalista.
Al final, pese a que me he convertido en un hater –todo lo hace bien, qué asquito da- iba a escribir una reseña de "Todos los hombres tristes llevan abrigos largos" generosa. Se le debe reconocer el mérito. Todo cambió cuando llegué más o menos a la mitad del volumen. Ocurrió en el metro, pues como todo el mundo sabe el suburbano se inventó para leer. Iba yo tranquilamente sentado camino de Decine21 cuando llegué a la parte humorística más lograda del libro. No quiero estropear nada, pero para quien ya lo haya leído comienza con una consulta, en la que se habla de los artículos de revistas sobre “Las cinco señales que delatan una infidelidad”, y sigue con el peculiar nombre de un gato, y lo que opina de los niños la autora. Ahí la escritora ha estado sembrada.
Como resultado, me entró un ataque de risa en voz alta. No me pasa normalmente con ninguna novela. No soy de risa fácil. Por desgracia, me di cuenta de que la señora que iba sentada enfrente me miraba como si estuviera loco. Además, pasaba por el vagón un drogata –la línea 3 madrileña se conoce porque sirve de transporte para los que quieran pillar-. El tipo se ha creído que me estaba mondando a su costa, así que me ha mirado con cara de pocos amigos. Cuando se ha acercado a mí con expresión de odio, he aprovechado que se abrían las puertas para poner pies en polvorosa. Mañana no sé cómo llegaré a trabajar, yo no vuelvo por ahí por si acaso.
Total, que otro motivo para odiar a la autora. Si la veis por ahí decidla que no todo el mundo la pelotea cuando critica su ópera prima. Ni se os ocurrra reproducir cualquier elogio que deduzcais de este texto, no sea que se le suba a la cabeza, pues luego… ¡se pone imposible! Y sobre todo, no le contéis que mientras disfrutaba de su texto he dejado en varios momentos de ser un hombre triste, así que he tirado a la basura el abrigo largo.
