Cuando murió el director de "Ser o no ser", el también realizador William Wyler, que portaba el ataúd, dijo "Nos hemos quedado sin Lubitsch", a lo que el tipo que tenía al lado, un tal Billy Wilder, respondió "peor aún, ¡nos hemos quedado sin más películas de Lubitsch!".
Estamos de acuerdo en que resulta imposible imitar la genialidad de aquel cineasta para diseccionar regímenes totalitarios con humor desternillante. Pero se quedan bastante cerca los dramaturgos Patrick Haudecoeur y Gérald Sibleyras, autores de Berlín, Berlín, que habría hecho reír más todaviá a Greta Garbo cuando rodó Ninotchka. Se llevaron el premio Molière 2022 a la mejor comedia. La pieza –que resistirá el paso del tiempo como el chicle en el asfalto en pleno verano– se representa estos días hasta mediados de febrero en el Teatro Alcázar de Madrid. "Resulta más fácil salir del alcoholismo que de la sede de la stasi", dice uno de los personajes -para que os hagáis una idea de que los tipos tienen ingenio–.
Como suele ocurrir en estos casos, muchos se preguntarán si resulta lícito reírse de un tema tan trágico como el Muro de Berlín, donde murieron cientos de personas, y esos regímenes comunistas que pensaron que compartir era bueno, pero compartir la opresión y la escasez de papel higiénico era aún mejor. Si se hace con tanta elegancia como en Berlín, Berlín, se consigue iluminar los rincones más oscuros de la historia con una linterna sarcástica. Y un poco de humor negro que quizás no es para todos, como el café fuerte, pero a algunos les encanta empezar el día con una buena dosis.
Esta fábula hilarante nos transporta a finales de los 80, cuando un agente de la Stasi (interpretado muy bien por Juanan Lumbreras, que debe tener un músculo facial extra para tanto histrionismo) se encuentra en un dilema existencial: cuidar de su madre enferma. La enfermera que le ayuda se cae por las escaleras, así que debe reemplazarla por Emma (interpretada por Ariana Bruguera, que podría convencer hasta a una estatua para bailar salsa). Resulta que esta tiene planes de cavar un túnel desde el sótano para escapar al estilo topo a la libertad, junto con su novio. Un diez a la realización de Gabrel Olivares, al iluminador Carlos Alzueta, y a la decoradora Marta Guedan, que ha creado una escenografía tan versátil que los actores básicamente juegan al Tetris en vivo para cambiar de escenario. ¡Es el IKEA de las producciones teatrales!
Entonces, después de reírte a carcajadas con los excesos comunistas, conviene revisar La vida de los otros, obra maestra que demuestra que lo que ocurrió en la República Democrática Alemana, en realidad no tuvo ninguna gracia.
