Felicidades a Nadia Calviño, nueva presidenta del Banco Europeo de Inversiones.
Cuando llegan estas fechas siempre tengo en la memoria a su ilustre progenitor, D. José María Calviño, artífice del mayor timo vivido durante mi infancia. Siendo éste director de RTVE proclamó a los cuatro vientos que el Día de Reyes de 1984… ¡emitiría la primera peli de la tele en 3 Dimensiones! Nótese que aquello en mi mente infantil (tenía 11 años) sonaba como una gran maravilla, con algo de brujería. Me imaginaba contemplando el western Fort Ti, que así se llamaba el film programado, rodeado de indios y vaqueros pegándose tiros a mansalva, y participando de la refriega.
Para la ocasión, Calviño Sr. puso en marcha una maquinaria promocional sin precedentes, advirtiendo que se trataba de una revolución tecnológica pantagruélica. Pero atención que había que proveerse de unas sofisticadas gafas 3D, que se podían adquirir en el kiosco. Para un chavalín no resultaba fácil conseguir el dinero necesario, aunque con mucho esfuerzo convencí a mi abuela de que iba a convertirme en un marginado si no me hacía con ellas, así que me soltó las 125 pesetas que costaba el pack de 3. Por entonces un dinero.
Pese a todo, al llegar al kiosco sufrí una gran decepción. Las fabulosas gafas 3D se habían agotado días atrás, porque todo el mundo las quería. Me llevé tal disgusto que mi madre tuvo que tirar de influencias, o sea llamar a su amiga del cole Pepita, que tenía un puesto para vender prensa, así que se había guardado algunas para enchufados y gente de confianza. Así aprendí el poder de la mafia, y conseguí de una vez por todas la mercancía. Algún amiguito del cole desesperado se las tuvo que ingeniar para fabricárselas él mismo, con cartón y papel celofán rojo y azul. Y recuerdo que todavía entonces algunos no tenían tele en color, así que rezaban porque en su aparato en blanco y negro también se obrara el milagro.
Llegó aquel Día de Reyes. Me desperté ilusionado porque sus majestades me habían traído un montón de paquetes que aparecían mágicamente en el salón, pero, bah, qué importancia tenía aquello, ¡si por la tarde podría ver una peli en 3D! Recuerdo hasta la hora en la que iba a empezar aquella emisión histórica. Las 13.45 de la tarde. No se veía un alma por la calle, pues todos estábamos frente al televisor. Mi madre, mi hermano y yo nos pusimos las gafas ante las risas de mi padre, que nos miraba como si fuéramos marcianos.
Empieza la peli. Emoción máxima. Pero… ¿cómo es posible? Algo falla, porque ni 3D ni leches, aquello se veía un poco raro, con destellos rojiazules, aunque las imágenes no se salían de la pantalla. Mi progenitora pregunta si me he lavado las legañas. Sentí que estaba haciendo el indio. ¿Sería cosa mía? Pues no, porque mis familiares tampoco conseguían ver el efecto esperado. ¿Y si nuestra tele se había quedado antigua? Salgo corriendo a casa de los abuelos, que se acababan de comprar una modernísima. Pero nada, lo mismo. Para colmo de males, la peli resultó ser un bodrio de órdago.
¿Recuerdan la cara de los habitantes de Villar del Río cuando los americanos pasaban de largo en Bienvenido, Mister Marshall? Pues la misma puse yo, y supongo que a la mayor parte de la chavalería de la época. Eso sí, al menos me siento ahora feliz porque gracias al sobre que debió recibir el señor Calviño pudo mandar a la universidad a su hija, Nadia, que ahora nos representa tan bien en Europa.
