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"El gatopardo": el valor de los guionistas que adaptan novelas

Acabo de ver en Netflix "El gatopardo", quizás no tan buena como la película de Luchino Visconti, pero al menos mejor que cuando la plataforma destrozó "Rebeca", otra novela que había dado lugar a una obra maestra. En cualquier caso, me he acordado de los guionistas que adaptan libros como el de Giuseppe Tomasi di Lampedusa. Pienso que estos profesionales tienen la profesión menos agradecida del mundo.

"El gatopardo": el valor de los guionistas que adaptan novelas

Escribir un guion adaptado de una novela es como intentar meter un elefante en una maleta de mano. Vas recortando, doblando, apretando… y al final, cuando lo cierras, dices: "Bueno, sigue siendo un elefante, ¿no?"

Lo primero que pasa cuando te encargan una adaptación es que todo el mundo te dice: "Tienes que ser fiel al libro". ¿Ah, sí? Pues el libro tiene 700 páginas, cuatro líneas temporales y un capítulo entero contado desde el punto de vista de una ardilla. ¿Cómo meto eso en una película de dos horas sin que el público quiera prenderse fuego en el cine?

Y claro, los fans de la novela están esperando para saltarte a la yugular. Cambias un detalle mínimo y ya están gritando en Twitter: "¡Han traicionado la esencia del personaje!" A ver, lo único que hice fue cambiarle el color de los zapatos… Pero claro, en el libro los zapatos representaban la lucha de clases y en la peli ahora solo son zapatos.

Luego está el dilema de los monólogos internos. En los libros los personajes piensan muchísimo. "Observó el horizonte y recordó a su madre, su infancia, el olor a pan recién horneado y la promesa que jamás cumplió." Muy bonito, sí, pero en cine ¿cómo metes eso sin que el protagonista parezca un psicópata mirando al vacío durante cinco minutos?

Y los diálogos… En los libros los personajes hablan como filósofos griegos:

—La vida es un constante naufragio entre las olas de la incertidumbre.

Si pones eso en una película, el otro personaje solo puede responder:

—Vale, pero ¿quieres Coca-Cola o Fanta?"

Y cuando por fin terminas el guion, viene el estudio y te dice: "Nos encanta, pero hay que hacer cambios".

—¿Qué tipo de cambios?"

—El protagonista es un granjero en el siglo XIX, pero… ¿y si fuera un astronauta en el futuro? Más comercial.

—Pero si el libro se llama La Tierra de los Tractores.

—Bueno, lo cambiamos por Marte de los Tractores y listo.

Total, que después de meses de sudor, lágrimas y café, estrenan la película… y llega el comentario definitivo:

—El libro era mejor.

Por supuesto que era mejor. Pero oye, al menos ahora la ardilla ya no tiene un capítulo entero.

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