¿Cómo hemos llegado a esto? Recibo un correo muy considerado de Sony que, con tono compungido, me ofrece la posibilidad de no recibir mensajes comerciales de la compañía relacionados con el Día del Padre. Ya saben: por si el tema resulta doloroso, incómodo o potencialmente traumático. Falta que el próximo email venga con psicólogo adjunto, música de arpa, y una caja de pañuelos digitales.
Leo además algún artículo que lo considera un gesto “elegante” por parte de Sony. Un acto de sensibilidad corporativa, dicen, para evitar traumas a quienes han perdido a su padre. Qué considerados. Qué delicadeza. Qué pañuelito de papel tan bien doblado.
La teoría suena muy humana… hasta que uno la piensa dos segundos. Porque, si el objetivo es ahorrar dolor a quienes han perdido a un progenitor, entonces lo lógico sería hacer exactamente lo mismo el Día de la Madre, ¿no? Ya que, por desgracia, las madres tampoco son eternas.
Porque en realidad no estamos ante un gesto terapéutico sino ante una pequeña liturgia ideológica. Una de esas ceremonias del nuevo catecismo woke que parten de una sospecha de base: que el padre es, por definición, un sujeto problemático. Una figura potencialmente opresiva, traumática o directamente peligrosa. El patriarca, ese sospechoso habitual del tribunal cultural contemporáneo.
Por supuesto que existen padres maltratadores, faltaría más. Nadie con dos dedos de frente lo negaría. Pero también existen madres castradoras, madres helicóptero, madres pasivo-agresivas y madres capaces de manipular emocionalmente a tres generaciones con una sola frase pronunciada en Nochebuena. La condición humana, como se sabe, no discrimina por sexo a la hora de fabricar monstruos domésticos.
Sin embargo, el relato dominante funciona con una lógica mucho más simple: si hay conflicto familiar, el padre es el primer sospechoso. Así que mejor ofrecer al usuario la posibilidad de “protegerse” del Día del Padre como quien activa un filtro parental… pero al revés.
Me han mandado mails similares de más sitios. Ya puestos, podrían tener el detalle de que como estoy a dieta, no mandarme más anuncios de hamburguesas, por el amor de Dios. Si no estás enamorado, que te quiten de los de San Valentín, y si no tienes niños, que te bloqueen los cansinos spots de juguetes en Navidad.
Ya que me he quedado calvo, ¿por qué seguir recibiendo anuncios de champú con melenas que desafían la gravedad? Eso es violencia capilar. Y si eres bajito, por favor, que te quiten los anuncios de baloncesto: ver a tipos de dos metros machacando el aro puede resultar profundamente ofensivo.
El objetivo final es evidente: construir un universo publicitario perfectamente acolchado, donde nadie vea nada que le recuerde aquello que no tiene, no quiere o no puede permitirse. Una especie de Disneylandia emocional, pero con banners.
Y sobre todo, como no tengo mucho dinero, por favor que me ofrezcan la posibilidad de anular que me lleguen esos anuncios de viajes carísimos pero idílicos, o de coches de lujo, o de relojes molones que cuestan lo mismo que un piso. Ésos sí que me duelen.
