En 1979, “Alien, el octavo pasajero”, revolucionó el cine de ciencia ficción, que se combinaba con el terror y la tensión de un modo nunca visto antes. Ridley Scott manejaba un sólido guión de Dan O'Bannon, que partía de un tratamiento de él mismo y Ronald Shusett.
La trama de Alien, el octavo pasajero, se abre y se cierra del mismo modo. Con una nave espacial surcando el firmamento infinito, en el primer caso el Nostromo con siete pasajeros y un gato hibernados, con un rumbo claramente marcado, en el segundo con una nave lanzadera más pequeña que alberga a la única superviviente, que se dispone a dormir y que cuenta con ser encontrada por alguien que la rescate. Entre medias se desarrolla su singular peripecia, plasmada en el guión de Dan O'Bannon que dio pie a la película de Ridley Scott, que acaba de cumplir 45 años.

La señal
La nave comercial Nostromo regresa a la Tierra cargada de 20 millones de toneladas de mena, un valioso mineral, extraído en el espacio exterior. Se trata de un largo viaje, y los siete tripulantes duermen en estado de hibernación hasta que alcancen su destino. Pero se pone en marcha el detonante que desata la acción: el ordenador central Madre ha captado una señal procedente de la luna de un planeta y despierta a los viajeros y al gato Jones, que enseguida se visten y toman un refrigerio, tienen hambre, mientras comentan animados lo que esperan que sea por fin la llegada a casa, pues creen estar en las proximidades del sistema solar. Pero el capitán Dallas, interactuando con Madre, descubre que no es así, y que el motivo del despertar es atender esa señal, que se supone de auxilio, y que puede ser de origen extraterrestre. Dallas y el oficial científico Ash son partidarios de acudir a atender a quien haya emitido la señal, y el resto de la tripulación se apresta a colaborar.

Todo el primer acto sirve para presentar a los personajes y describe la operación de exploración y supuesto rescate, para la que preparan una nave para aterrizar en esa luna, algo que consiguen al precio de algunos desperfectos que deberán reparar los ingenieros técnicos Brett y Parker. Con ellos se quedan la suboficial Ripley y Ash, mientras que Dallas, acompañado de Kane y Lambert, tratan de dar con el lugar de donde parte la señal.

El hallazgo
Y hacen un hallazgo sorprendente, el de una enorme nave espacial alienígena con sus restos fosilizados, incluido el del piloto, que tiene un agujero en el estómago. Mientras, con Madre, Ripley trata de descodificar el mensaje recibido, que resulta no ser de petición de ayuda sino de advertencia.
El espectador-lector del guión se ve envuelto por el misterio, igual que los personajes, que van descubriendo cosas y tratando de interpretarlas. Despierta inevitablemente la atención de Dallas, Kane y Lambert una cámara de la nave que viene a ser como una incubadora que contiene numerosos huevos. Allí hay vida, y no sólo eso, sino que de uno de los huevos surge una criatura con aspecto de pulpo que se pega al cristal del casco de Kane, quien pierde el sentido. Rápidamente es trasladado a la nave, y Ripley pone en marcha el protocolo de cuarentena, los tres exploradores deberían permanecer aislados, más con esa criatura desconocida, aunque podría peligrar la vida de Kane, que necesita espacio y un modo de separarle del bicho. Saltándose las reglas, Ash deja entrar a todos al espacio común, lo que no es aceptado de buen grado por Ripley.
El octavo pasajero
La entrada de lo desconocido en la nave marca el punto de giro que nos conduce al segundo acto de la historia. Kane necesita ayuda. Ese bicho le está impidiendo respirar, habría que arrancárselo para que no se asfixie. Pero, subtexto sobre los peligros que encierra la criatura, cuando tratan de cortar sus tentáculos, supura un líquido, como un ácido corrosivo, capaz de atravesar el suelo de los distintos pisos de la nave, hay que detener aquello, y proceder con el máximo cuidado, e incluso no proceder.

Por ello no habría que fiarse, cuando la criatura se suelta sola, como muerta, y Kane despierta y come con ellos con aparente normalidad. En efecto, comenzará a sentir unas extrañas convulsiones en el estómago, hasta que estalla y de su interior surge la criatura que pensábamos muerta, que ha crecido y de cuya condición letal no cabe ya duda. El caso es el alien se escabulle y desaparece por los conductos de ventilación.

Toca jugar al ratón y al gato, se inicia la caza, aunque los roles de cazador y presa no están claros, y son fácilmente intercambiables. Se trata de dividirse, monitorizar las señales de vida, detectar dónde está el intruso y acabar con él, si es posible llevándole a un punto en que pueda ser expulsado al espacio exterior. La tarea no es nada sencilla y no van a faltar los sustos, los momentos en que uno cree una cosa y resulta que es otra, el descubrimiento de aspectos del viaje y la misión que se habían ocultado a los viajeros. Se trata de jugar con la información para confundir y sorprender, y hacerlo con inteligencia.
Así, Brett y Parker exploran por unos pasillos, y... ¡se encuentra con que el gato Jones anda solo confundiéndolos! Toca que Brett lo atrape y lo meta en una jaula para evitar un nuevo error, pero las cosas no saldrán como lo desea, y va a tener un encuentro desagradable con el alienígena. Mientras que Dallas, siguiendo las indicaciones de los detectores de señales de vida que le proporciona Lambert, se dirige a un determinado punto, pero de pronto esa monitorización enloquece, no está claro dónde está el alien, que acaba pillando desprevenido al capitán.

Ante los crecientes problemas a los que se enfrenta la tripulación, sorprende la frialdad de Ash, que mira lo que ocurre como si no fuera con él. Mientras Ripley descubre las directivas secretas que tenía Madre de la Corporación, y que implicaban como único conocedor al oficial científico Ash, y que consistían precisamente en traer un ejemplar del alien, considerado como una arma mortífera de enorme potencial. Todo lo demás, incluida la supervivencia de sus compañeros de viaje, era secundaria. Se producirá un enfrentamiento violento, Ripley, Lambert y Parker ven que Ash es su enemigo, pero lo que no imaginan en el fragor de la lucha, es que se encuentran ante un... ¡androide! Y aunque lo vencen y lo dejan medio decapitado, aún es capaz de hablar y expresarse, lo que hace pronosticando su próxima muerte.
La gran escapada
Nos encaminamos pues, al tercer acto, en que los tres supervivientes piensan que su única posibilidad es refugiarse en una nave lanzadera, y proceder a la autodestrucción de la Nostromo, lo que acabará también con el alien. Pero el bicho, que crece y crece, no se lo va a poner fácil, y en el camino caerán en sus garras Lambert y Parker. Hay muchos sobresaltos, porque Ripley intenta abortar la cuenta atrás de la autodestrucción, sin éxito, pero finalmente, y con el gato Jones en una jaula, consigue acceder a la lanzadera.
La nave principal explosiona, con el octavo pasajero dentro, y Ripley se relaja y se pone cómoda, ya en ropa interior, pensando en la hibernación y en que después de las emociones padecidas, logre ponerse a salvo. No contaba con que el incansable alien ha accedido a la lanzadera.

Se produce así el enfrentamiento final, que supone ponerse un traje espacial y despresurizar la nave para arrojar al vacío a la criatura. No es una operación inmediata, el bicho se resiste, pero finalmente es lanzado al espacio exterior. Con su última grabación en el diario de abordo, Ripley y Jones pueden dormir tranquilos, esperando que conseguirán llegar sanos y salvos a la Tierra.
